extraños en el paraíso
mayo 31, 2006
lecturas:
"lo primero que aprendí por mí mismo (...), mi primera auténtica verdad, fue ésa: follar era igual que todo lo demás; lo que pensabas que hacías no era lo que estabas haciendo. pensabas que estabas mamando y penetrando y besando, aguantando y eyaculando. pero lo que en realidad hacías era contar una historia.
antes que nada, de todos modos, necesitas saber que tienes una historia. luego, tienes que contarla. saber cómo contar bien tu historia es importante, pero el secreto para follar bien es lo bien que sepas escuchar. follar sólo sale bien cuando las dos historias empiezan a ser una misma historia -la historia de la trayectoria sexual humana-, cuando los dos cuerpos dejan de ser dos cuerpos y pasan a ser una única y gran laceración, un único corazón latiendo."
tom spanbauer, el hombre que se enamoró de la luna
de madrugada, no puedo evitar quedarme enganchado a la retransmisión del partido entre inglaterra y hungría. parece un partido de otro tiempo. pulso el botón de color del mando a distancia hasta dejar la pantalla en blanco y negro. en noviembre de 1953, por ejemplo. fascinado, contemplo el juego. el ir y venir de los jugadores sobre el césped gris oscuro, las fintas, los quiebros (sólo echo de menos que no lleven camisas, como antaño). táctica y estrategia. el maravilloso gol de crouch, un tintín de dos metros, tras un prodigioso triple regate de cole al borde del área. genio y figura. la última épica. no soy forofo del fútbol, pero sí capaz de reconocer una obra de arte, incluso efímera como ésta. lo contemplo todo en silencio. además del color, he optado por suprimir el sonido. siempre me han resultado idiotas los comentarios de los expertos (¿por qué no se limitarán a dejar constancia de lo obvio: fulanito pasa a menganito, etc.?) pero la situación se torna insoportable después de que el inane comentarista haya largado, sin el menor rubor, la frase siguiente: "a inglaterra siempre se le ha dado mal hungría". a lo que su colega inglés contesta, flemático: "bueno, de un total de 20 encuentros disputados, inglaterra ha ganado 15, perdido tres y empatado el resto". sobran los comentarios. insiste, sin embargo, el descerebrado. en última instancia, ¿a quién le importan los números? queda eso, que a inglaterra se le da mal hungría. frase para la historia del deporte. dueño y señor de mi destino -o sea, de mi mando-, pulso la tecla que apaga el sonido. al final, inglaterra gana por 3 a 1. seducido por el juego del equipo inglés -nada que ver con la tosquedad de que, años ha, hacían gala los jugadores británicos y que venía a ser algo así como la marca de la casa-, decido que ya tengo equipo para el mundial (aunque no vea ningún otro partido). después de todo, las decisiones basadas en la estética suelen ser las más sencillas. o eso me parece.
mayo 29, 2006
se me olvidaba: saludos a k. que se solaza, a estas horas, en la playa de mojácar. dichosa tú.
(bien évidemment la photo t'était dédiée).

cuando llega este tiempo, uno comprende, de golpe, el porqué de las casas de la infancia sumidas en una densa penumbra. el concepto de fortaleza asediada. fuera, el sol como un ejército bárbaro que todo lo asola. dentro, la oscuridad atenuada por el reflejo, en suelos y paredes, de la luz filtrada, a rayas, por las contraventanas venecianas. en esas líneas iluminadas, como tajos precisos en una tela negra, reside buena parte de la sensualidad meridional. cuerpos desnudos, abandonados al descanso; caricias apenas esbozadas; placeres lentos.
hay un momento en que todo cuanto aprendimos de forma instintiva, se desaprende bajo el empuje de nuevas formas. una nueva novia, por ejemplo (evocación rencorosa de l.), que insiste en que hay que mantener las ventanas abiertas de par en par en pleno día, "por si sopla el aire". y el aire, de haberlo, es una lengua de fuego. pasa el tiempo, aquella novia desaparece y te vuelves a encontrar en la penumbra, con las ventanas cerradas a cal y canto, confiando en que, de madrugada, otra brisa, esta vez suave y fresca, baje de la montaña y apacigüe, en algo, el sofoco de las paredes.
cuando, a partir de junio, el termómetro se desboque y de prácticamente nada sirvan ya los trucos de nuestros mayores para escapar del horno, tengo pensado irme a vivir al zaguán de la finca, fresco como una bodega. he comprado una mesita de cámping y una silla plegable. lo de bajarme la tele para ver películas, resulta más complicado -aunque dispongo de enchufe. en cambio, nada me impidirá hacer mis deberes con ayuda del portátil. y, si de recibir se trata, me pondré la bata de seda de mi abuelo y en un barreño con hielos conservaré la cerveza y el vino fríos. están uds invitados, pero avisen antes.
aclaración: claro que conozco la existencia de los aparatos de aire acondicionado pero me resulta difícil convivir con ellos. rinitis aguda suele ser la consecuencia de nuestros amores estivales.
mayo 27, 2006
estado semicomatoso -no del todo desagradable- inducido por el cóctel explosivo que forman gramíneas y clima -ligeramente- inestable. una brisilla suave, con fondo cálido y seco (una brisa de dos capas), anima el conjunto al tiempo que convierte en una fatigosa prueba el simple acto de respirar. sentado ante el ordenador, aprovecho para echar un vistazo a la página de la bbc, de la que a. lleva meses contándome maravillas. tenía razón. una simple ojeada te permite comprender qué es lo que hace, de la radio nacional británica, un modelo sin paliativos. rastreo radio4 -intelligent speech- (aunque bien podría dedicarme a radio3 -classical, jazz, world, arts, drama-). archivos de todo tipo, programas de poesía seleccionada por los propios oyentes, espacios dedicados a la historia (fascinante el titulado undelivered letters -the story behind undelivered letters from 150 years ago), series como the archers. igualito, igualito que lo que nos ofrece rne (basta con echar un vistazo y comparar).
[resulta, sin duda, contradictorio que un anglófilo declarado, como el que esto escribe, no se hubiera tomado hasta ahora la molestia de buscar la página web de la bbc. mea culpa, mea culpa, mea culpa. a modo de disculpa -forzada- diré que no suelo escuchar la radio y menos por la red. pero será cosa de ir cambiando de costumbres]
---------------------------------------------------------------
a principios de junio, los padres de la patria ponen a disposición del respetable el saloncito de su casa. o, lo que es lo mismo, el congreso de los diputados ofrece varias jornadas de puertas abiertas. siempre es alentador* que una clase política tan inepta y corrupta se afane en hacernos partícipes, de vez en cuando, de sus desvelos en el secreto de su santo santorum. de modo que, durante tres días, nuestros congresistas lanzarán, con su habitual modestia, el "pasen y vean", a modo de mágico mot de passe que sanciona el hermanamiento entre el pueblo soberano y su representante en la tierra (su chulo, diría yo). muy propio de la comedia dell'arte, esta farsa que permite a unos lavarse la cara -y las manos, de paso- y a otros dar rienda suelta al cotilla inmoderado que llevan dentro. y todos tan contentos. durante esos días de confraternización, la democracia española ratifica, a ojos del visitante seducido, su asentamiento y solidez bajo el techo que conserva la huella del tejerazo, mientras suenan, burdos y machacones, los eslóganes de siempre.
ya me lo dice j.: "el asunto es que, a nuestros políticos, no les exigimos nada". basta con oírles hablar para darse cuenta de hasta qué punto es cierto.
quizás, sea ya demasiado tarde. después de todo, hemos pasado de ser súbditos a ser clientes, sin haber sido nunca ciudadanos (y ni siquiera como clientes valemos mucho). a aquellos que gustan de ir de visita a casa ajena y no son escrupulosos, les quedará, por lo menos, el recuerdo imborrable de una mañana de cola y compadreo en el congreso, por expresa invitación de sus señorías. no olviden sus cámaras.
-------------------------------------------------------------------
*dije "alentador" cuando quería decir "sospechoso". en las novelas clásicas de intriga, el culpable solía ser, de entre todos los personajes que por ellas merodeaban, el que más se esforzaba en colaborar (se sobrentiende: el que más esforzaba en hacer como que colaboraba) con el detective.
mayo 24, 2006
mayo 23, 2006
"tiene 46 años". hace una pausa. "una edad normal...". espero. pero el presentador no parece interesado en aclararme el sentido de su frase. cuando abre, de nuevo, la boca es para enzarzarse en un soliloquio inane al que dejo de prestar atención a los dos segundos. su frase no deja de darme vueltas en la cabeza "... 46 años... una edad normal". ¿normal? ¿para qué? ¿según quién? y la pregunta madre: ¿cómo puede un individuo dotado de una paupérrima capacidad de expresión presentar un programa, aunque no pase de ser un patético concurso para gente límite? a mi alrededor, el ruido de tazas, vasos y cucharillas forma una especie de edredón sonoro. fragmentos de conversaciones. movimiento. una cafetería es una representación del mundo. cuarenta y seis años es una edad normal. un dato a no olvidar (por la cuenta que me trae).
la pequeña lúa saluda, risueña, con la gracia y el donaire de una reina de inglaterra y la vis cómica de un osito de peluche. aunque, más que un saludo, el gesto de su mano parece querer indicar que todo va bien. ¿todo va bien? ¿qué saben estos mocosos que los demás ignoramos? ¿vienen, acaso, con las respuestas debajo del brazo? habrá que esperar a que aprenda a hablar, claro, (aunque mucho me temo que al hacerlo, olvide también su secreto). por el momento, a ella, feliz en su trajinar de brazos y piernas, no le afectan ni las crisis bursátiles ni la subida de los precios del petroleo. mayo 22, 2006

desayuno tarde, sentado a la mesa de la cocina, mientras observo la luz que dibuja simetrías en la pared blanca del patio, por encima de la cual el cielo planea, azul y despejado. la colada aletea, movida por una brisa fresca. sin otro esfuerzo de imaginación que el de olvidar, por un instante, donde estoy, adivino la presencia del mar, justo del otro lado del muro y bendigo la suerte que me permite disfrutar de un momento así en un lunes de labor. la voz de mi padre, recordándome, amenazador, el triste destino de la cigarra, enturbia, durante un segundo o dos, mi dicha. no mucho más. "después de todo", pienso, "tanto la cigarra como la hormiga de la dichosa fábula llevan muertas una eternidad (mi padre, algo menos)". yo sigo vivo, con mi tostada en la mano, y la mirada suspendida sobre el vacío. las golondrinas trazan arabescos en vuelo rasante sobre el tejado. muerdo el queso blanco sobre su lecho de aceite y trigo. lo siento.
mayo 21, 2006

domingo por la tarde. lo más saludable sería, sin duda, que estuviera dándome un buen paseo para aprovechar este buen tiempo, apacible y cálido, que no durará, en lugar de estar sentado ante un ordenador, redactando estas líneas del todo prescindibles. después de todo, me he pasado el fin de semana encerrado en casa, entre maderas, taladros y tornillos, con el único fin de acabar la cuna del ya-no-tan-pequeño max que lleva un mes durmiendo con los pies fuera del cesto y en diagnonal. un poco más y, en vez de una cuna, lo más sensato hubiera sido construirle una cama de matrimonio. mi piel tiene un color que varía entre el blanco roto y el amarillo ceniciento y un poco de aire no me vendría mal pero estoy demasiado cansado para pasear por ahí fuera, entre coches y ese populacho al que no disuaden ni el calor ni el frío. "mejor", pienso "me doy un oreo por los blogs de los amigos". para constatar, infortunado de mí, que ninguno parece estar cumpliendo con sus obligaciones. la mayoría llevan casi una semana sin ofrecer nada nuevo que echarse al coleto. mal asunto. tarde de domingo.
**************
en una página de periódico toda arrugada, fechada hace un par de semanas y que ha servido para envolver unos vasos comprados en el chino de la esquina, me entero (maldita manía heredada de leer cualquier trozo de papel impreso, por pequeño que sea) de que medio ambiente vigilará, por medio de satélite, las actividades de los pirómanos. curiosa noticia. me sorprende la necesidad del ministerio de poner sobre aviso a los amantes del fuego en bosque ajeno. dado que es un gremio integrado por mucho narcisista -también por mucho recalificador de terrenos, pero no es el caso que más me interesa-, imagino que estarán sus miembros encantados con la medida ministerial. a más de uno, incluso, le hará gracia eso de levantar la mano del mechero y sonreír al cielo, segundos antes -o segundos después- de que arda el monte.
en finlandia, que es un país muy civilizado, no hace tanto que todo aquel que osare cortar un árbol iba derechito a la horca. soy de la opinión que ese tipo de leyes no deberían ser derogadas. al contrario, resultan del todo edificantes. el recalificador de terrenos se lo pensaría dos veces y el tarado con ansias de celebridad tendría su minuto de gloria colgando de una soga (habrá quien piense que ese mismo tratamiento debería ser dispensado a los que maltratan y asesinan niños y no seré yo quien manifieste su desacuerdo. pero, mirando el asunto con frialdad suficiente sería justo reconocer que cada año que pasa hay más niños y menos árboles. y los niños, al margen de todas sus gracias y virtudes, ni dan sombra ni proporcionan oxígeno). aunque, bien mirado, resultaría más lógico (siguiendo la lógica antiquísima de que el que a hierro mata, a hierro muere) que, mejor que a la horca el infractor fuese condenado a morir en la hoguera, empleando en su ejecución, como prueba de que no nos anima un espíritu sádico o de venganza, parte de la madera quemada previamente por él (y no madera verde como la que un tribunal ginebrino mandó utilizar, a instancias de juan calvino, para prolongar la agonía de miguel servet).
bien pensado, creo que debería salir a dar una vuelta.
mayo 17, 2006
hago limpieza en mi buzón electrónico. no hace tanto, en días de furibundo arranque, era el cajón de la correspondencia lo que solía revisar y aprovechaba para quemar todas aquellas cartas y postales que había ido guardando por desidia; o aquellas otras cuyo contenido había perdido, entretanto, todo valor. cartas de amantes y de amigos que fueron dejando de serlo y ya no eran nada, apenas un vago recuerdo. de paso, la operación servía para colocar, de nuevo y de forma simbólica, el contador a cero [siento, sin embargo, un ligero arrepentimiento (pero sólo ligero) por haber quemado las cartas de mis novias de cuando tenía doce, trece o catorce años. las de c.g., por ejemplo, redactadas en papel de colores y con dibujos hechos por ella. las de n.m.., perfumadas e hiperbólicas (en cambio, con qué alivio me deshice de las de n.j., teñidas de ese sentimentalismo ñoño y falso de los dieciocho años)].
a diferencia del mencionado cajón, el buzón electrónico no ocupa espacio. pero crece sin cesar, según indica la línea verde del medidor de capacidad, por mor de la pereza y del carácter inmaterial de la cosa. sin papeles amontonados, no te das cuenta de hasta qué punto va pesando tu pasado. la mayoría de los mensajes que voy condenando a desaparecer en el incinerador cibernético, no los vuelvo a abrir siquiera. o recuerdo su contenido o lo doy por supuesto. la mayoría son mensajes sin importancia pero los hay que certifican la doblez de nuestras naturalezas sentimentales. personas que juraron su adoración por ti a los cuatro vientos y de las que ahora te enteras que van poniendo velas para que ardas en el infierno. la operación es indolora. la indecisión, mínima. basta con pulsar una tecla para recortar peso e historia personal. después de todo, ésta ya no cuenta para casi nada: somos cada vez más transaparentes. e intercambiables. insoportable (?) levedad del ser. tan soportable.
no lo borro todo, sin embargo (aunque quizás debiera y, por un momento, tentado estoy de pulsar la tecla de vaciar sin más). conservo retazos de mi pasado más reciente. los mensajes más dolorosos y los mejor escritos. los más cariñosos y los más sugerentes. por aquello de no quedarme en blanco, supongo.
apretar el botón y enviar a la basura, ha resultado, sin duda, mucho más fácil (e insisto: indoloro) pero se acaba echando de menos el acto purificador de arrojar el papel al fuego y contemplar, fascinado, cómo las llamas se ceban y lo consumen todo. à présent les guerres n'engendrent plus de poésie.
(pienso, por un instante, en tantas direcciones de correo electrónico abandonadas tras la desaparición, súbita e inopinada, de sus propietarios, únicos detentadores de las claves secretas de acceso. en millones de buzones sepultados, con su contenido, en el hermético silencio del ciberespacio. pienso en si todos ellos no pesarán en alguna dimensión que desconocemos).
el cielo anda, hoy, encapotado.
llamada de m., al rescate: "un exceso de sensibilidad puede teñir la realidad. las reacciones emocionales se calman según avanza el día. introversión". mi horóscopo según adn. cosas de los astros, según parece.
como en la tragedia clásica.
sea, pues, la voluntad de los dioses.

mal día para casi todo. hipersensibilidad atmosférica. doy vueltas por la casa sumida en la más absoluta penumbra. abro libros, leo dos líneas y los vuelvo a dejar. tumbado, me limito a dejar que la vista vague por las paredes lisas, asiéndose, apenas, a diminutas irregularidades que una sombra tenue desvela. sensación de brazos pesados. algodón en la cabeza. lasitud.
mayo 16, 2006
consigo vender, por fin, un par de antiguos apliques de baño que guardaba, arrumbados, desde que decidí cambiarlos por otros más sencillos. la cosa no tendría mayor trascendencia (al margen de lo bien que me viene el dinero) si no fuera porque son de las pocas cosas que ya van quedando, en esta casa, que guarden relación directa con l. han pasado diez años (y uno tiene la sensación, a veces, de que son veinte, y, otras, de que son tres) y, en ese tiempo, me he ido deshaciendo de cuanto tuviera que ver con nuestra vida en común (hasta los trapos de la cocina). ahora, sólo queda la larga mesa de despacho que me regaló en el momento de separarnos (pero, primero, habré de hacerme una nueva, so pena de verme trabajando con el ordenador montado sobre una banqueta). y la casa, claro (pero este capítulo llevará más tiempo). la liquidación del pasado suele resultar, al principio, dolorosa, más tarde fastidiosa para terminar siendo, con el tiempo, un mero trámite. no todos los pasados son igual de liquidables, claro. los hay que no pesan nada y no te importa -te gusta, incluso- que permanezcan a tu lado, incorporados a tu presente. de otros, sin embargo, prefieres no conservar nada. bastante tienes ya con el recuerdo. de mi pasado con l. me quedarán, al final, algunos libros que me prestó y no le devolví. total, para qué, nunca le dio por abrirlos.
diez años llevaban los apliques metidos en una bolsa, colgada en el fondo de un armario. el momento ha llegado, para ellos, de vivir una nueva vida. para mí, un poco más de alivio. y algo de dinero fresco en el bolsillo.
mayo 15, 2006
¿estás, callado, más mono?

me despierto tarde, con el estómago ácido por el vino blanco y la ominosa sensación de haber hablado más de la cuenta. siempre me ocurre lo mismo. a estas alturas, debería de saberlo. lo cierto es que, cada vez, me resulta más difícil relacionarme con desconocido/as. entregar, once again, los códigos de tu caja fuerte. lo bueno/malo del alcohol es la forma en que te desata la lengua. la pasividad de tu interlocutor/a es otro factor a tener en cuenta: por no soportar el pesado silencio entre dos personas que se ven por primera vez, acabo contando cosas que no tenía pensando revelar de buenas a primeras. en realidad, es como si, soltándolo todo de golpe, tratara de pasar página lo antes posible. a cara o cruz. o te cogen cariño o te dejan por imposible (y por pesado). antes, jugaba a seducir. ahora, avasallo con mi verborrea. literatura, política, arte, cine, chismorreos... todo junto y al mismo tiempo. pastel heteróclito que no me molesto en acabar de hornear antes de sacarlo a la mesa (todo está relacionado de algún modo, ¿no es cierto?). he dejado de ser el buen vendedor de mi propia marca que, no hace tanto tiempo, fui para convertirme en un bulldozer verbal. "¿le interesará, realmente, todo lo que le estoy contando?", me pregunto, en un breve paréntesis de lucidez. no me tomo la molestia de meditar la respuesta antes de coger, de nuevo, la ola de mi compulsiva locuacidad. bastante hago con tratar de que todo cuanto digo ofrezca un mínimo de coherencia y no recuerde el discurso de un chiflado.
-cada vez soporto menos el calor -digo, a modo de test (más o menos consciente).
para ella, lo insoportable es el frío.yo sueño con québec, ella con almería. parece claro, pues, que no pondremos casa juntos ni tendremos hijos.
nos despedimos a la una y media de la madrugada. algo borrachos y agotados por el esfuerzo. doy gracias por estar tan cerquita de casa. la ropa entera me huele a todo el tabaco que no he fumado. vigilo de cerca mi propia sombra mientras subo la escalera a paso de carga. me desnudo en dos segundos. mi blanca piel brilla en la oscuridad.
paso la tarde agonizando sobre mi cama, tras el inenarrable viaje en metro que me devuelve a mi hogar. imposible respirar. cada día estoy más y más convencido de que debería de haber nacido en un recodo, apacible y verde, de un fiordo noruego. entonces, ¿por qué aquí, en esta ciudad dejada de la mano de dios, antesala del norte de áfrica? ¿dónde está el error? veinte grados es la temperatura del edén. sin duda, esto es el erebo.
"el calor es de pobres", suele decir mi madre, con irritante displicencia. pero, mise à part la falta de sutileza, ¡cuánta razón tiene!
mayo 13, 2006
my tailor is dead (and he wasn't rich in spite of my efforts)
creo que no hablé de él cuando murió. imagino que por no resultar esnob. después de todo, no nos unía una gran amistad, ni una reverencial relación entre cliente y sastre. nunca me hizo un traje a medida, por ejemplo. pero llevaba catorce años acudiendo a su taller, que era también su casa. catorce años confiándole mis chaquetas para que las arreglara, entallara, adaptara a mi esbelto y cuasi perfecto figurín (la industria no se interesa por los tipos de 1'70, delgados, proporcionados y de hombros estrechos. y yo me niego a vestir con el uniforme de un jugador de fútbol americano achaparrado, bracicorto y culigordo). no siempre acertaba, claro. y yo, al principio, no me atrevía a discrepar de sus arreglos. pagaba religiosamente y me llevaba la chaqueta a casa. al armario, más bien, del que no volvía a salir hasta que, pasados unos meses, me decidía a regresar con la prenda a su taller. y volvía a pagar, claro. estoy convencido de que él sabía que esa chaqueta ya había pasado por sus manos, pero no decía nada. era muy astuto, mi buen sastre. y estaba jubilado. me costó mucho vencer la vergüenza y mi natural inclinación al "qué le vamos a hacer", pero la rabia que me producía mi espíritu canelo me pesaba mucho más. descubrí que indignarse no suele servir de nada y que la terquedad amable resulta, por el contrario, de lo más eficaz. empecé a llevarle, de vuelta, la chaqueta que me acababa de arreglar porque no había quedado exactamente cómo yo quería. sé que, al principio, mi actitud hirió su vanidad de sastre y puso en evidencia su indolencia de profesional jubilado, pero, con el tiempo, aprendimos a tomarnos las medidas el uno al otro. después de todo, yo era un buen cliente (siempre me decía: "¿dónde consigue guardar tantos trajes?") y mis visitas eran la ocasión pintada para hablar del tiempo (como vivíamos cerca, no me costaba demasiado esfuerzo visitar su taller en cualquier época del año), de sus años de juventud (en cuatro trazos), de lo malas que eran las telas de hoy (todo lo contrario que los viejos trajes de lana pura que yo le llevaba para arreglar y que él palpaba con placer de fin connaisseur), del problema de circulación que padecía en las piernas. le daba pánico entrar en quirófano, pero mucho más el hecho de estar condenado a la silla de ruedas. a finales de 2005 -el día en que fui a recoger una guerrera militar antigua que me había hecho arreglar para alguna que otra fiesta de disfraces o sesión con amante fetichista-, me anunció su decisión de operarse. ya casi no podía salir de casa y, para él "eso, no era vida". le prometí que le telefonearía a su regreso del hospital, pero dejé que transcurriera el tiempo. pasé varias veces, incluso, por delante de su puerta y, cada vez, a punto estuve de llamar. pero seguí de largo. hace varias semanas, con un nuevo traje antiguo y un abrigo de época pendientes de arreglo, marqué, por fin, su número.
-buenos días, ¿está el señor a.?
-¿quién le llama?
-un cliente. quería llevarle unas prendas a arreglar.
-el señor a. falleció (eso dijo: "falleció") el 5 de enero.
me quedé de piedra. entre sollozos, su viuda me contó que la operación había sido un éxito pero el paciente no había sobrevivido a uno de esos virus que pululan, a sus anchas, por los quirófanos. con razón tenía miedo.
ahora, busco sastre. pero me da pereza empezar de nuevo. como en las relaciones de pareja, le llevará un tiempo aprenderse mis manías ("entallado, con hombreras pequeñas, la manga dos dedos por encima del borde de la camisa..."). a mí, acostumbrarme a sus historias, a sus pequeñas vanidades. a veces, echo de menos al señor a. y sus espejos. de hecho, en ningún otro me he visto nunca tan bien como en aquéllos. me prometió que me regalaría uno cuando dejara el negocio, pero no pudo ser. no se lo reprocho.
mayo 12, 2006
somos siete u ocho en la cola. gente que va y viene, alrededor, cargada de ropa. un hombre -de unos cincuenta años- se ha colocado detrás de mí. lleva en la mano una camisa a rayas.
-¿y ésta? -le pregunta a gritos su mujer, mientras le muestra otra camisa, muy parecida a la que ha cogido-. es azul, ¿no te gusta?
-no es azul -responde él, en voz baja-. es morada.
-¡ah! -la mujer suelta la prenda y se acerca -. me pareció azul, fíjate.
parece inquieta. en realidad, está enferma de los nervios. basta con fijarse en cómo mueve las piernas y la cabeza para darse cuenta.
-voy a dar una vuelta -dice-. a ver si encuentro otra talla.
el hombre me pide permiso para adelantarse hasta el mostrador a echarle un vistazo a la bandeja de las corbatas.
-voy detrás de usted -me recuerda.
asiento con la cabeza.
entretanto, la mujer persigue a las dependientas, camisa en mano, tratando de que alguna le indique dónde puede encontrar una talla mayor. un hombre joven le explica, que ya no hay, que se han agotado.
junto a mí, el hombre ha dado con una corbata a franjas azules y naranjas. la mira, la sopesa, la elige.
-¿qué haces con esa corbata? -pregunta ella, de regreso de su infructuosa expedición.
-me gusta -responde él-. me la llevo.
-no te lleves esa corbata. es horrible.
pienso que es la más bonita de cuantas se amontonan en la bandeja.
-¡es horrible, por dios! ¡déjala! ¡déjala!
la mujer forcejea, tira de la tela. el hombre resiste.
-sólo son cinco euros.
-cinco euros que vas a tirar a la basura. ¡es una corbata horrorosa! ¡déjala!
-a mí me gusta -insiste él-. la voy a pagar yo.
-¿por qué quieres tirar quinientas pesetas (sic) a la basura? deja esa corbata.
-la voy a pagar yo. en todo caso, seré yo quien tire el dinero.
-¡por dios, vas a parecer un payaso! ¡mira qué colores! ¡es una corbata de payaso!
-es la moda de este año, no entiendes nada.
-¡qué moda! ¡azules y naranjas! ¡son unos colores horrorosos!
-a mí, me gusta-. el hombre vuelve a mirar el dibujo, pasa sus dedos por la tela. ella está cada vez más nerviosa. resopla, hace aspavientos.
-¡déjala, hombre, déjala! ¡con todas las corbatas que tienes! ¿para qué quieres una más? -ella sigue tirando de la tela.
-la vas a romper -dice él.
-¡qué se rompa!
-entonces, habrá que pagarla pero estará rota.
-mejor. ¡es horrible! ¿cómo piensas ponértela?
-claro -dice él-. me pides que te acompañe de tiendas y cuando encuentro algo que me gusta, no me dejas llevármelo.
-porque es horrible.
-pues no me lleves de tiendas.
-¡vámonos! -empieza a gritar-. ¿no te basta con la camisa?
-te he dicho que me gusta esta corbata.
-¡pues no compramos nada, ni la camisa ni la corbata! -vocifera mientras arroja la camisa a un cajón de ropa-. ¡vámonos de aquí!
el hombre devuelve la corbata a la bandeja del mostrador y abandona la cola. lo veo desaparecer tras un recodo, rumbo a las escaleras. la mujer recoge la camisa del cajón y se vuelve a poner en la cola.
-¿no tienen una talla más? -pregunta.
pago mi polo de manga corta. al llegar a las escaleras que conducen a la salida, veo al hombre sentado en la penumbra.
al pasar junto a él, me agacho un instante:
-huya -le digo en un susurro-; levántese y huya.
me yergo y sigo subiendo. en la calle, el calor sestea sobre hombres, mujeres y niños. movimiento constante y luz de atardecer. el calor.




hablando de cámaras, algunas fotos de mi última (y caprichosa) adquisición. una balda jubilette de 1938. una joya en perfecto estado de conservación. en algo se asemeja a la cámara de plástico que exhibí por las playas el año en que un humano puso, por primera vez, un pie en la luna: en ésta, también saltan la tapa y el fuelle cuando aprietas el disparador. curiosa coincidencia. eso sí, todo éxito entre las quinceañeras -que sólo juran por san megapíxel- queda descartado.
parece claro: este año no habrá playa en junio. el estado de mis finanzas no me permite muchas alegrías y me obliga, por el contrario, a consagrar mis esfuerzos a aspectos tan tediosos de la vida productiva adulta como el trabajo -sin excesos, eso sí- y el ahorro. la pesadilla de junio en madrid va tomando cuerpo. mi única esperanza es que, al igual que los judíos que a fuerza de repetirse los unos a los otros la célebre jaculatoria del éxodo: "el año que viene, en jerusalem", lograron, por fin, hacerla realidad; igual, yo, me repito a mí mismo, a todas horas, mi propio pliego de intenciones: "el año que viene, fuera de madrid", a ver si se cumple de una vez (no conviene olvidar, empero, que los judíos tardaron dos mil años en conseguirlo. confío en que lo mío resulte más sencillo y, sobre todo, más a corto plazo). everywhere, out of this world. aunque, la verdad, everywhere no. me niego, por ejemplo, a dar el menor paso en dirección al sur. una buena opción sería la de ir escogiendo parcela en el artico, pero resulta prematuro. para cuando se transforme en un vergel -lovelock dixit- un servidor estará criando malvas.
como todo este asunto me produce un profundo desasosiego -agravado por el estado de gravidez de la luna-, mejor lo dejo aquí, a la espera de la llegada del ángel cargado con la respuesta. entretanto, la espada flamígera del dios de la cólera eterna se yergue ya sobre mi cabeza y sobre las de casi cuatro millones de sudorosos conciudadanos. se abrirán las puertas del infierno y, de las oquedades de la roca, brotara, pestilente, sulforoso, el aliento de la bestia. ¡que el dios de la misericordia se apiade de todos nosotros!

para mitigar el desconsuelo, me ofrezco el parco homenaje de esta foto. delicioso verano de mis tres años, en el que, armado con mi cámara de gusano (aquel ingenioso invento de plástico, gomas y alambre que salía proyectado al apretar el disparador), y mi provocativo bañador rojo, recorría la playa en pos de las bellezas del lugar. algún éxito alcancé entre las quinceañeras. después de todo, la gracia y el salero son el as en la manga de los bajitos.
mayo 11, 2006
dando muestras de mi legendaria habilidad al volante (para compensar tanta obviedad como he largado hace apenas unos instantes). lo gracioso es que esta insólita imagen fue el resultado de un ingenioso trueque. un niño aceptó entregarme su kart a cambio de mi cubo y mi pala de plástico. lamentablemente, la operación no pudo llevarse a término por la intervención de los adultos aguafiestas que, raudos, acudieron a poner orden (¿por qué?, me pregunto. ¡si el niño estaba feliz con su cubo y yo también!). luego, eso sí, se pasan la vida reprochándote que carezcas de iniciativa y de ambiciones (empresariales, claro).
mayo 10, 2006
se pasea, señorial, el gato de los vecinos, con cinta negra y cascabel al cuello, por los tejados. me gusta contemplarlo (de lejos, claro. de cerca, no podría hacerlo con mis ojos llorosos por efecto de la alergia) mientras hace su ronda matutina, indiferente al tráfico y a los ruidos de la cerrajería -que recuerdan los propios de una sala de torturas. yo, esta mañana, pienso en el carácter melodrámatico que tiñe, por lo general, las rupturas sentimentales. no quiero decir con esto que no sean momentos dolorosos -incluso extremadamente dolorosos-; después de todo, de una pérdida se trata, como cuando alguien se nos muere. pero, como en el caso, también, de la muerte de un ser querido no solemos pensar: "nunca más volveré a verlo (o a verla)" -lo que en caso de defunción es cierto (al margen de ciertas creencias) pero no tanto cuando hablamos de una ruptura-; sino, más bien: "nadie más me querrá, nunca más". la imagen morbosa de estar condenados a vagar solos por este valle de lágrimas tiene tirón. me recuerdo a mí mismo, arrojado a los pies de n., implorando entre lágrimas que no me dejara. y ella, dando muestras de una sensatez desconocida -estaba como un cencerro-, y cediendo al impulso de abandonar a la carrera semejante escena de esperpento, se largaba con una sonrisa de póker por toda respuesta. luego, el intenso duelo de varios meses que siguió a aquella escena. pena y odio. no tanto por la relación truncada -seamos sinceros: después de todo, había sido un infierno-, como por mi pobre persona abandonada, arrojada a las tinieblas del espacio exterior, transida de autocompadecimiento.
está claro: lloramos por nosotros, nunca por el otro. de hecho, es notable la forma en que todo el amor que decíamos sentir, hasta ese momento, se transmuta en rabia y deseos de destrucción, síntomas del despecho.
todo lo cual no significa que las rupturas sentimentales me dejen frío, ni nada por el estilo. soy de los que permiten que las situaciones de declive y agonía se prolonguen más allá de lo razonable (por lo menos, lo permitía). eso sí, siempre y cuando hubiera algo que mereciera la pena, claro (pero uno nunca ha disimulado su profundo egoísmo). aunque, una vez traspasado el punto de no retorno, suela volverme frío (ahora, sí) como un pez.
indiferente a todo, el señor gato se entrega a su aseo personal sobre su lecho de tejas rojas. él, de rupturas -como de otros confusos procesos sentimentales-, entiende poco.
mayo 09, 2006
fe de errores
l. me corrige: "el haiku es de shiki, que la palmó tuberculoso con 35 años, paralizado de cuello para abajo. te lo he buscado, dice así:
dedemushi no / kashira motageshi / ni mo nitari
(el caracol / levanta su cabeza: / se me parece)".
dedemushi no / kashira motageshi / ni mo nitari
(el caracol / levanta su cabeza: / se me parece)".
ella se había referido a shiki, pero no sé por qué (listillo que es uno) pensé que lo confundía con issa. los dos tuvieron vidas muy desgraciadas (aunque, con el segundo, la desgracia se cebó durante mucho más tiempo), pero creía recordar que el que siempre hablaba de caracoles era issa. de caracoles, de pulgas y de arañas. le iba lo diminuto.
"¡cómo desnuda,
el caracol, sus hombros
ante la luna!"
"... se compara a un caracol". sencillez y elegancia. sin alharacas ni falsos protagonismos. lo aclaro para los duros de mollera, de embotada sensibilidad, que siguen confundiendo sentimiento con sentimentalismo, obstinados en la creencia de que las emociones son el epifenómeno de alguna clase de verdad esencial, de una pureza de intenciones incuestionable. de no ser por el talante manipulador que semejante pretensión conlleva, casi podrían parecernos cándidos. pero ha llovido tanto...
"no puedo soportar", dice l., "a esa gente que habla o escribe obsesivamente acerca de su sufrimiento. el dolor como tema recurrente, insuperable. pienso en issa que, al final de su vida, acosado por las desgracias (muertos su mujer y sus cinco hijos, incendiada su casa y teniendo que vivir en un almacén sin ventanas), se compara a un caracol."
no he encontrado el poema del caracol. pero éste bien podría servir a tal propósito:
"cuando me vaya,
saltamontes que heredas
mi tumba, guárdala".
o este otro:
"ya que me voy,
jugad al amor, moscas
de mi ermita."
el autocompadecimiento como impostura. narciso en el espejo. después de todo, los ombligos sólo resultan interesantes como accidente biográfico del cuerpo desnudo.
amables y deliciosos ombligos que, en la primavera, de entre la tela afloran.
"no lloréis, bichos,
que sufren desengaños
hasta los astros."
si lovelock tiene razón -y nada hace suponer que no la tenga- la vieja fantasía de madrid con playa podría hacerse realidad. aunque yo ya no lo vea.
¡la de veces que habré dicho: "después de mí, el diluvio"!
mayo 08, 2006
después de mí, el diluvio
fascinante la entrevista con james lovelock, publicada este domingo por la revista dominical de uno de esos periódicos que nunca leo (es cierto, aunque, con las veces que cito tal o cual noticia, bien pudiera parecer que ando disimulando). su teoría de que el planeta ha traspasado el umbral crítico y que el cataclismo nos espera a la vuelta de la esquina. no hay que ser un genio para intuir que el incremento desenfrenado de la población -con sus efectos consiguientes- y el ajetreo al que hemos sometido al conjunto desde hace doscientos años acabarían por pasar factura. él se limita a confirmarlo. lo mejor era su convencimiento de que el proceso es irreversible, hagamos lo que hagamos -quizás, sí, algo se pueda postergar la fecha de entrega, pero poco más-. nada de lo que decía el bueno de lovelock me resultó apocalíptico -epíteto con el que se suele tratar de descalificar a cualquiera que ose perturbar el buen rollo general (o sea, la ceguera colectiva y las pocas ganas de enfrentarse a nada)-. sólo lucidez (no lo puedo evitar: me pirro por la lucidez, aunque salga cara): deshielo de los casquetes polares, inundaciones salvajes. guerras y matanzas. selección natural de los supervivientes: 500 millones de humanos, uno más, uno menos. una tierra de promisión: el ártico. auge y caída. el ciclo completo. la vida en todo su esplendor.
no vale la pena lamentarse. ya hubo un diluvio universal -debió de ser algo parecido- y no aprendimos mucho. esta vez, la lección será mucho más severa. dejemos, en cualquier caso, el negocio de la esperanza a los vendedores de crecepelos espirituales. después de todo, ¿alguien confiaba, de verdad, en vivir eternamente?
precioso atardecer.
mayo 07, 2006

tercera entrega del día. imagen cuasi patética, la de este cuarentón que pasa su día de cumpleaños aferrado a su blog, como si fuera ésta su única ventana al mundo (lo digo yo para que no vengan otros a interpretar por su cuenta). me da igual. estoy tan agotado que la sola idea de quitarme la ropa y meterme en la ducha me está costando dios y ayuda. además, hoy ya tengo cuarenta años y nueve meses, así que no va a ser cosa de ponerse sentimentales ni fetichistas.
a modo de regalo (tierno).
el ya no tan pequeño max espera, con impaciencia y ceñudos gorgoteos -hay que ver lo mucho que le gusta parlotear a este monito- la nueva cuna que le está preparando su tío. así me lo hace saber, por teléfono, tras un expresivo "feliz cumpleaños" (que su madre interpreta). y, yo, a rezar para que los cálculos estén bien hechos y su nuevo tálamo no se vaya al suelo con el mochuelo dentro. ¡señor, qué responsabilidad!
sale el sol. escucho una pieza de piano de mozart que no conocía. placidez. al pasar, no puedo evitar echarle una mirada al espejo. arrasado por el desbarajuste horario (más de diez días durmiendo una media de cinco horas), cualquiera podría echarme, sin equivocarse, cuarenta años. cuarenta años. dicho así, suena a sentencia inapelable dictada por un juez inmisericorde. pero es lo que es, après tout.
happy birthday to me
destrozado, roto, tras una noche de boda, en la que, para más inri perdí las llaves de mi casa en algún sitio -el asiento trasero de un taxi, la silla de una terraza en la plaza del ayuntamiento del escorial o en una apartada orilla de la ciudad universitaria, mientras me cambiaba el traje de tarde por uno más adecuado para la noche (genio y figura, etc). a las tres de la mañana, todo trajeado (old england in my mind), flanqueado por la bolsa del otro traje y la funda de los otros zapatos, contemplo, estoico, el trasiego de la fauna nocturna -el clásico listillo tratando de entrar en el barrio por dirección prohibida, ante las mismas narices del atónito policía que se ocupa de multar los coches mal aparcados. cazado, el infractor farfulla un montón de absurdas excusas que no le salvan del escarnio de ser orillado y multado; un transexual que increpa, enloquecido, a la pareja de ocupantes de un coche que pasa. al parecer, ha reconocido al varón, un tipo de origen norteafricano al que acusa -a grito pelado- de no sé cuántas iniquidades. el policía interviene, nada se aclara entre gritos e insultos. mientras, el coro de cláxones realza el carácter tragicómico de la escena. al final, el coche arranca, escapando a la acción justiciera de la furia. el caos se disuelve, momentáneamente-. la noche. a mi alrededor pululan individuos de dudosa probidad, atraídos por mis bolsas y mi aspecto. hace frío, mientras aguardo la llegada del séptimo de caballería con otro juego de llaves.
al cabo de una hora, tras una rápida e infructuosa visita, en compañía del ángel de la guarda, al lugar exacto en que mudé de piel -junto a la facultad de veterinaria- me dejó caer en mi sofá. hogar, dulce hogar.
la boda ha estado bien -a pesar de todo mi agotamiento, acumulado a lo largo de la semana (por lo menos, no me duelen los pies)-, aunque me prometo, a mí mismo, no volver a asistir a ninguna otra boda de sesión de noche. de ahora en adelante, sólo bodas diurnas. ceremonia, aperitivo y comidita. y, luego, cada mochuelo a su olivo. los incombustibles siempren podrán citarse a quemar la noche y lo que haga falta. pero uno ya está mayor para estos trotes. hoy es mi cumpleaños y no luce el sol.
mayo 04, 2006
les jeunes filles rangées
anoche no dejé ni un segundo de dibujar mientras hablaba por teléfono. la habilidad del pulpo. k., con su proverbial exactitud: "tengo la impresión de que tú y yo somos mejores personas estando solos". no dijo "tengo la impresión" -es sólo una fórmula retórica-, pero el resto sí.
es cierto. muy cierto, incluso. mejores personas. no sólo yo -ya lo sabía- sino también ella. en eso residía la sorpresa. no me lo esperaba. y no porque pensara que k. es de esa clase de mujeres que se sienten vacías o perdidas sin la presencia cercana de un varón. pero imaginaba que tenía mejor concepto de sí misma en pareja. al parecer, no: "somos mejores personas estando solos". certezas. esa misma frase, dicha a los veinte años es de una temeridad desmedida. expresión del miedo escénico. fingimiento. con cuarenta, no.
es cierto. muy cierto, incluso. mejores personas. no sólo yo -ya lo sabía- sino también ella. en eso residía la sorpresa. no me lo esperaba. y no porque pensara que k. es de esa clase de mujeres que se sienten vacías o perdidas sin la presencia cercana de un varón. pero imaginaba que tenía mejor concepto de sí misma en pareja. al parecer, no: "somos mejores personas estando solos". certezas. esa misma frase, dicha a los veinte años es de una temeridad desmedida. expresión del miedo escénico. fingimiento. con cuarenta, no.
me gusta esa frase. no porque venga a corroborar lo que ya sabía por experiencia, sino por su exactitud desnuda, serena, matemática. la que deriva del reconocimiento de sí. nada de críticas simplistas de corte psicologista, nada de síndromes de peter pan o de inmadurez crónica, a los que, con tanta alegría, recurren revistas y libros de autoayuda (y sus lectores), para tratar de explicar lo que simplemente es. mero reconocimiento -del otro y de sí- entre adultos a los que la vida va poniendo en su sitio. no hay resignación, tampoco, en la frase de k. sólo constatación. sin adornos. "somos mejores personas estando solos". sólo eso. y es mucho.
que la opción de seguir solo sea, sistemáticamente achacada a la incapacidad para madurar y asumir compromisos -visión torticera por interesada- equivale a las acusaciones de estrechez e inmadurez vertidas sobre la mujer que se resiste a abrirse de piernas a la primera. pero, en este supuesto, suele ser el acusador el que se pone en evidencia. en el primero, el acusado. todo responde a una burda, mal disimulada teleología. y los intereses, cuanto más a la vista, mejor. muchas mujeres -pero, ojo, empieza a haber también muchos hombres-, alentadas por las lecturas del cosmopolitan, el feminismo de bolsillo y la sagacidad filosófica (execrable y rancia bajo la costra de glamour) de sexo en nueva york, han encontrado en las fórmulas de descalificación simplistas el arma ideal, con la que reclamar sus derechos a participar, de lleno, en las luchas de poder. ¿por qué no dirán, simplemente, que quieren compañía permanente de "bípedo sin plumas" (el famoso hombre de platón)? ¿o la seguridad del matrimonio? ¿o ser madres? porque es eso, pero no es eso. y viceversa. porque queda muy conservador decirlo así, de forma tan abrupta y sincera, demasiado old fashion (aunque infinitamente más honrado). mejor hacerse las modernas, pero dentro de un orden, claro. casadas, pero sin papeles (o con ellos, pero no por la iglesia); golfas, pero en la seguridad del domus. entre los brazos de un salvaje encantador y a su servicio. un salvaje por horas (porque una es muy independiente, no se vaya usted a creer), rebelde y manso al mismo tiempo. locura, pero controlada, administrada. es la vieja historia, siempre renovada, de la domesticación. es la peste de la middle class. sus frivolidades tontas, sus juegos de salón, sus coqueteos con la diferencia -pero nunca con la identificación radical, eso no. el "me enamoro del más loco, del más malo" pero siempre a condición de que acabe volviéndose cuerdo y bueno. y lo llaman amor, palabra que todo lo bendice. falsa poesía.
¿qué fue lo que mató a sylvia plath? (al margen de que fuera ella misma la que abriera el gas, sin ayuda de nadie). ¿t. hughes, el marido, laureado poeta, envidioso y misógino? ¿la soledad? ¿la frustración? ¿el dolor? es indudable que todo ello tuvo su efecto pero sospecho que fue, más bien, la creencia profunda en sus derechos (supuestamente) inalienables lo que le abrió la puerta del horno. el derecho, permanentemente insastisfecho (como cualquier derecho) a que mamá la comprendiera. a que papá la quisiera. a que todo el mundo rindiera pleitesía a la niña rubia súperdotada. en suma, su filosofía de clase media, plagada de fantasías (nada más clase media, de hecho, que la fantasía y sus variadas manifestaciones). el arte de los publicistas transformó su vida y su muerte en una tragedia cuando no había pasado de ser un drama. y el drama, ya se sabe, manca finezza.
tarde de lluvia. veranillo inglés. una delicia.
más de diez días prácticamente encerrado en casa y, los últimos cinco -puente incluido- sin quitarme siquiera el pijama. consecuencia miserable de haber aceptado un trabajo que no hubiera debido aceptar. ya me lo decía mi vocecita interior, a medida que me desgranaban las condiciones: "ni de coña, ni de coña", pero, a veces (aunque sólo sea de cuando en cuando), el (maldito) sentimiento de culpa interviene decisivamente. (¿culpa? ¿por qué? ¿por estar viviendo como me da la gana, trabajando lo menos posible? imagino que las decisiones equivocadas hacen parte del peaje. la próxima vez, eso sí, haré más caso de mi vocecita interior). al cabo de diez días, el trabajo -que ya era, de por sí, muy poco interesante- se ha convertido en una pesadilla a todo color. pesadilla incrementada por la presión de la entrega y los añadidos constantes: el número de dibujos encargados se ha ido incrementado poco a poco ("lo queremos desde otra perspectiva, también") hasta alcancar un treinta por ciento del total, el precio -global- estaba cerrado de antemano. al final, estallo: mando a la mierda al cliente y me niego a añadir un solo dibujo más. lo mejor es su cara de sorpresa. parece no (querer) entender que el miserable dibujante esté harto. lo suyo es caer de hinojos ante la magnífica oportunidad de ser explotado, con la débil esperanza de que, a éste, sigan otros encargos. no me engaño. si ha recurrido a mí -sé que mi estilo no le vuelve especialmente loco- es porque nadie más habrá querido aceptar un trabajo así, en vísperas de puente, y por tan poco dinero. por los métodos que emplea, no debe de ser un desconocido en la profesión. para mí, hasta cierto punto, sí. riesgos que corre el francotirador.
hay cuatro condiciones para aceptar un encargo (caso de que no se tengan hijos, claro): que resulte estimulante; que lo paguen bien; que sea fácil de ejecutar; que los plazos de entrega sean relajados. evidentemente, no se darán -casi nunca- las cuatro juntas. pero, por lo menos, deben darse tres. por debajo de eso, estás perdiendo dinero y tiempo -o sea, más dinero. nada como los números para acabar con la tontería de la culpa. porque no hay culpa que resista la evidencia de que estás haciendo el idiota.
me quito el pijama, me ducho y afeito. redeescubro mi rostro, macilento pero de nuevo terso. llueve. la pesadilla ha terminado. sólo queda superar el postoperatorio. por la casa, diseminados como por un campo de batalla, lápices, rotuladores y tubos de acrílico. en realidad, como en un campo de batalla, el paisaje alrededor contiene una revelación. es hora de colgar los trastos y buscar nuevos derroteros.
mayo 01, 2006
primero de mayo
primero de mayo. desfila, alegre y combativa, la banda por la calle, casi debajo de mis ventanas. eslóganes añejos, los de siempre y esas nostálgicas cancioncillas, arrulladas por el ondear de las sempiternas banderas rojas, de aguerrido verbo y tosca letra que tan bien quedan grabadas en disco y tan patéticas resultan en boca del dueño del megáfono, de oído musical imposible, y de su desmayado coro. el primero de mayo es la prueba palpable de que nada cambia en el país de nunca jamás. cayó el doce de octubre en un piadoso semiolvido popular, y la ascensión viene y va, pero siempre nos quedará el primero de mayo. ah, el 1º de mayo, día florido. carnaval de primavera. ah, la nostalgia...












