mayo 13, 2006

my tailor is dead (and he wasn't rich in spite of my efforts)


creo que no hablé de él cuando murió. imagino que por no resultar esnob. después de todo, no nos unía una gran amistad, ni una reverencial relación entre cliente y sastre. nunca me hizo un traje a medida, por ejemplo. pero llevaba catorce años acudiendo a su taller, que era también su casa. catorce años confiándole mis chaquetas para que las arreglara, entallara, adaptara a mi esbelto y cuasi perfecto figurín (la industria no se interesa por los tipos de 1'70, delgados, proporcionados y de hombros estrechos. y yo me niego a vestir con el uniforme de un jugador de fútbol americano achaparrado, bracicorto y culigordo). no siempre acertaba, claro. y yo, al principio, no me atrevía a discrepar de sus arreglos. pagaba religiosamente y me llevaba la chaqueta a casa. al armario, más bien, del que no volvía a salir hasta que, pasados unos meses, me decidía a regresar con la prenda a su taller. y volvía a pagar, claro. estoy convencido de que él sabía que esa chaqueta ya había pasado por sus manos, pero no decía nada. era muy astuto, mi buen sastre. y estaba jubilado. me costó mucho vencer la vergüenza y mi natural inclinación al "qué le vamos a hacer", pero la rabia que me producía mi espíritu canelo me pesaba mucho más. descubrí que indignarse no suele servir de nada y que la terquedad amable resulta, por el contrario, de lo más eficaz. empecé a llevarle, de vuelta, la chaqueta que me acababa de arreglar porque no había quedado exactamente cómo yo quería. sé que, al principio, mi actitud hirió su vanidad de sastre y puso en evidencia su indolencia de profesional jubilado, pero, con el tiempo, aprendimos a tomarnos las medidas el uno al otro. después de todo, yo era un buen cliente (siempre me decía: "¿dónde consigue guardar tantos trajes?") y mis visitas eran la ocasión pintada para hablar del tiempo (como vivíamos cerca, no me costaba demasiado esfuerzo visitar su taller en cualquier época del año), de sus años de juventud (en cuatro trazos), de lo malas que eran las telas de hoy (todo lo contrario que los viejos trajes de lana pura que yo le llevaba para arreglar y que él palpaba con placer de fin connaisseur), del problema de circulación que padecía en las piernas. le daba pánico entrar en quirófano, pero mucho más el hecho de estar condenado a la silla de ruedas. a finales de 2005 -el día en que fui a recoger una guerrera militar antigua que me había hecho arreglar para alguna que otra fiesta de disfraces o sesión con amante fetichista-, me anunció su decisión de operarse. ya casi no podía salir de casa y, para él "eso, no era vida". le prometí que le telefonearía a su regreso del hospital, pero dejé que transcurriera el tiempo. pasé varias veces, incluso, por delante de su puerta y, cada vez, a punto estuve de llamar. pero seguí de largo. hace varias semanas, con un nuevo traje antiguo y un abrigo de época pendientes de arreglo, marqué, por fin, su número.
-buenos días, ¿está el señor a.?
-¿quién le llama?
-un cliente. quería llevarle unas prendas a arreglar.
-el señor a. falleció (eso dijo: "falleció") el 5 de enero.
me quedé de piedra. entre sollozos, su viuda me contó que la operación había sido un éxito pero el paciente no había sobrevivido a uno de esos virus que pululan, a sus anchas, por los quirófanos. con razón tenía miedo.
ahora, busco sastre. pero me da pereza empezar de nuevo. como en las relaciones de pareja, le llevará un tiempo aprenderse mis manías ("entallado, con hombreras pequeñas, la manga dos dedos por encima del borde de la camisa..."). a mí, acostumbrarme a sus historias, a sus pequeñas vanidades. a veces, echo de menos al señor a. y sus espejos. de hecho, en ningún otro me he visto nunca tan bien como en aquéllos. me prometió que me regalaría uno cuando dejara el negocio, pero no pudo ser. no se lo reprocho.