se pasea, señorial, el gato de los vecinos, con cinta negra y cascabel al cuello, por los tejados. me gusta contemplarlo (de lejos, claro. de cerca, no podría hacerlo con mis ojos llorosos por efecto de la alergia) mientras hace su ronda matutina, indiferente al tráfico y a los ruidos de la cerrajería -que recuerdan los propios de una sala de torturas. yo, esta mañana, pienso en el carácter melodrámatico que tiñe, por lo general, las rupturas sentimentales. no quiero decir con esto que no sean momentos dolorosos -incluso extremadamente dolorosos-; después de todo, de una pérdida se trata, como cuando alguien se nos muere. pero, como en el caso, también, de la muerte de un ser querido no solemos pensar: "nunca más volveré a verlo (o a verla)" -lo que en caso de defunción es cierto (al margen de ciertas creencias) pero no tanto cuando hablamos de una ruptura-; sino, más bien: "nadie más me querrá, nunca más". la imagen morbosa de estar condenados a vagar solos por este valle de lágrimas tiene tirón. me recuerdo a mí mismo, arrojado a los pies de n., implorando entre lágrimas que no me dejara. y ella, dando muestras de una sensatez desconocida -estaba como un cencerro-, y cediendo al impulso de abandonar a la carrera semejante escena de esperpento, se largaba con una sonrisa de póker por toda respuesta. luego, el intenso duelo de varios meses que siguió a aquella escena. pena y odio. no tanto por la relación truncada -seamos sinceros: después de todo, había sido un infierno-, como por mi pobre persona abandonada, arrojada a las tinieblas del espacio exterior, transida de autocompadecimiento.
está claro: lloramos por nosotros, nunca por el otro. de hecho, es notable la forma en que todo el amor que decíamos sentir, hasta ese momento, se transmuta en rabia y deseos de destrucción, síntomas del despecho.
todo lo cual no significa que las rupturas sentimentales me dejen frío, ni nada por el estilo. soy de los que permiten que las situaciones de declive y agonía se prolonguen más allá de lo razonable (por lo menos, lo permitía). eso sí, siempre y cuando hubiera algo que mereciera la pena, claro (pero uno nunca ha disimulado su profundo egoísmo). aunque, una vez traspasado el punto de no retorno, suela volverme frío (ahora, sí) como un pez.
indiferente a todo, el señor gato se entrega a su aseo personal sobre su lecho de tejas rojas. él, de rupturas -como de otros confusos procesos sentimentales-, entiende poco.

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