extraños en el paraíso

febrero 11, 2007

lo insoportable de las revoluciones no es tanto el derramamiento de sangre -que también- ni la represión constante que han de padecer sus poblaciones en nombre de un futuro mejor; lo peor, con mucho, es la retórica revolucionaria y el proceso completo de doma, vasallaje y destrucción al que se ve sometido el lenguaje.
basta con escuchar el documento siguiente -y ello exige paciencia- para entender perfectamente cómo se reproducen y mantienen los totalitarismos pero, sobre todo, para comprobar el retroceso que supone, para la comunicación humana -de por sí ya complicada-, la adopción de un lenguaje infantil, balbuceante, incomprensible. un lenguaje revolucionario.

sería un error pensar que ese fenómeno es privativo de las sociedades sometidas al totalitarismo. en las sociedades supuestamente democráticas, el desmantelamiento del idioma ha sido obra, en gran medida, de la sociología, en sus patéticos esfuerzos por convertirse en ciencia -algo que, objetivamente, no puede ser-, secundada de cerca por un periodismo ignorante y cabrero, y unos políticos de torpe oratoria y peores luces (pero con muchos intereses en juego).
el habla progresista -en su obsesión por mantenerse fiel a lo que entiende por políticamente correcto y la idea, absurda, de que el lenguaje no revisado y debidamente expurgado contribuye a sustentar un orden conservador- ha degenerado en una retórica vacua, grandilocuente y flatulenta. lo malo es que ha creado escuela, ya que su uso sirve perfectamente a los propósitos de cualquier político, independientemente de cuál sea su tendencia*: hablar y hablar para no decir nada -porque al que nada dice, no se le pueden pedir cuentas. es el equivalente lingüístico de la predilección pública que siente la clase política por el arte abstracto: lo que no significa, no compromete.
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*yo diría que con la notable excepción, en el ámbito nacional, de julio anguita: el político andaluz siempre ha mostrado, al margen de su fe, especial esmero en el manejo del lenguaje.

febrero 06, 2007


lo bueno de disponer de amigos y hermanos que viajan -asiduamente y con espíritu viajero- es todo lo que te ahorran en desplazamientos e incomodidades. ya he dicho, en otra entrada de este blog, que detesto viajar pero me encantan los relatos de viajes. con apenas un añito de vida, mi sobrino max ya ha estado en alemania, japón, marruecos, inglaterra y las islas canarias (que yo recuerde). cierto que, por ahora, para él todo se reduce a estímulos y movimiento y no he conseguido, más allá de su parloteo churrigueresco, que me transmita sus impresiones acerca de las variopintas sociedades que ha visitado, pero la semilla está plantada para que, en un futuro, alegre algunas veladas de mi vejez con la narración pormenorizada (rasgo que heredará de su padre) de sus periplos viajeros. porque, de este trajín que lleva, o sale trotamundos o más sedentario que su tío, para el que el nomadismo es un concepto estético de lo más atractivo pero, como realidad, insufrible.

a. me cuenta sus experiencias en mauritania, país al que viaja con frecuencia por motivos de trabajo. corrupción a gran escala, clanes familiares extensos, tráfico de hombres, religión omnipresente, venta de niñas. plenitud y tradiciones. una sociedad patriarcal -que no abolió oficialmente la esclavitud hasta el año 84 del siglo pasado- dominada por su componente árabe a expensas del africano y negro. "aquello es la vida real", me dice a.; "no lo que vivimos aquí" (vida real: las mujeres -que no hacen nada porque para eso ya están los esclavos- comen lo que dejan los hombres. lo que, a su vez, dejan ellas-los restos de los restos- es de lo que se alimenta el servicio. teoría del reciclaje).

lo que vivimos aquí. la realidad tutelada por el estado, acolchada por la seguridad social, adormecida por la televisión y el consumo. la sociedad del yo, para mí, me. de las terapias de todo tipo, de los traumas a medida... qué más da. esto, me guste o no, es mi realidad. aquello, lo que me describe a., con todo lujo de detalles, sólo un relato. un documental acerca de la vida en otro planeta. en otro tiempo, también. porque no es muy distinto, lo que cuenta, de lo que narran los libros de historia acerca de la sociedad romana bajo la república y el imperio.

nos interrumpe un vendedor de lotería, con el rostro tajado por una cicatriz que es como un torrente en una orografía patibularia. con modos de señor antiguo, a. bromea con él, lo agasaja, le compra varios décimos. "¿no sabes quién es?", me pregunta una vez que el lotero se ha marchado. ni idea. "es platanito, el torero. fue famoso en su tiempo pero lo perdió todo y ahora, ya ves, sobrevive con los décimos". lo mismo que en las películas. a veces, es la vida la que termina imitando al arte.
http://www.elmundo.es/papel/2005/11/05/opinion/1883673_impresora.html

febrero 01, 2007


a fuerza de vivir en un barrio, hasta la más recalcitrante de las misantropías sufre ciclos de distensión. la familiaridad del paisaje -sus escasas variaciones: un andamio que desaparece para reaparecer, dos calles más abajo, adosado a otro edificio; un cambio de negocio en la tienda de al lado- reconduce la atención del flâneur, entomólogo aficionado, hacia la variopinta fauna que pulula, absorta en sus quehaceres, por su territorio natural. a punto de desembocar en la plaza, me cruzo con un espectro. cabizbajo y maltrecho, reconozco en sus rasgos los de un hombre que, no hace tanto, atendía, con su guardapolvo azul, una tienda de ultramarinos. ahora, sólo es la sombra de sí mismo. despeinado, con pintas de no haberse lavado en mucho tiempo, se desliza pegado a la pared, con una expresión de terror pintada en el rostro. mueve la cabeza involuntariamente, farfulla palabras que sólo él entiende, se siente acosado por su sombra. no es el único. hay otro, alto, muy delgado, de ojos encendidos y barba poblada, al que hace algunos años era frecuente ver por los bares del barrio a la salida del trabajo, con su abrigo de loden y su portafolios. entonces, no llevaba barba. al cabo de un tiempo, le dio por pasarse los días en la plaza, perorando a gritos acerca de todo lo divino (cuando no entendías lo que decía) y lo humano (cuando su discurso resultaba comprensible). deduje que era abogado. luego, desaparecía unos meses, al cabo de los cuales, un buen día, volvías a escuchar su vozarrón clamando a los cuatro vientos.
junto al contenedor, un dúo que podría parecer cómico -el tipo alto y flacucho y el bajito y rechoncho-, se afana, con eficacia militar, entre los escombros, en busca de materiales variopintos cuyo valor real soy incapaz de calcular: restos de cobre, neones vacíos, trozos de alumnio y acero, procedentes de un armarito de baño... no cruzan palabra entre ellos, como esas parejas de larga duración para las que el silencio y los gestos son tanto más expresivos como que ya no tienen nada que decirse el uno al otro.
el repartidor -joven y con la cara picada de viruela- de uno de los puestos de frutas y verduras del mercado que empuja su carrito mientras canta ópera a voz en cuello. la anciana diminuta que pasa, envuelta en su abrigo negro -en invierno o en verano-, agarrando con su mano derecha su muñeca izquierda y la sempiterna bolsa blanca de plástico. antes, siempre salía con sus dos hermanas, todas cogidas del brazo -las tres furias de paseo-, pero hace ya un tiempo que va sola. sospecho que, a las otras dos, se las ha debido de llevar el viento. me la cruzo mientras lee, con gran aplicación y sin mover los labios, la carta del restaurante que hay frente a mi portal. lo hace todos los días y nunca la he visto entrar. imagino que sopesa el contenido de los menús. hoy, me ha lanzado al paso que "el buen tiempo no es señal de bonanza", y yo le he dicho que sí, que tiene toda la razón (a ver quién es el guapo que contradice la voz del oráculo) y ella, a cambio de mi sumisión, ha asentido con la cabeza, perdonándome la vida.

una procesión de yonkis en busca de la fuente de la eterna metadona -que mana sin cesar en la calle fúcar- dobla la esquina de amor de dios, como la brigada de la muerte. la gran ventaja de la heroína -una vez sobrepasada la línea de no retorno- es su capacidad para abolir las clases sociales, así como las diferencias de edad y de género. distingo a uno de los habituales, un tipo achaparrado y sin dientes, de mirada plana, bovina, cargado siempre con la misma bolsa enorme en la que acumula sus tesoros y un abrigo que le cuelga, rígido, acartonado por la suciedad, hasta los pies.

sentado en el banco, junto a la boca de metro, observo la riada humana que sube y baja por atocha, mientras el cielo encapotado se abre y nos bendice a todos con un chorro de luz polvorienta y fría.

me voy a casa.