más de diez días prácticamente encerrado en casa y, los últimos cinco -puente incluido- sin quitarme siquiera el pijama. consecuencia miserable de haber aceptado un trabajo que no hubiera debido aceptar. ya me lo decía mi vocecita interior, a medida que me desgranaban las condiciones: "ni de coña, ni de coña", pero, a veces (aunque sólo sea de cuando en cuando), el (maldito) sentimiento de culpa interviene decisivamente. (¿culpa? ¿por qué? ¿por estar viviendo como me da la gana, trabajando lo menos posible? imagino que las decisiones equivocadas hacen parte del peaje. la próxima vez, eso sí, haré más caso de mi vocecita interior). al cabo de diez días, el trabajo -que ya era, de por sí, muy poco interesante- se ha convertido en una pesadilla a todo color. pesadilla incrementada por la presión de la entrega y los añadidos constantes: el número de dibujos encargados se ha ido incrementado poco a poco ("lo queremos desde otra perspectiva, también") hasta alcancar un treinta por ciento del total, el precio -global- estaba cerrado de antemano. al final, estallo: mando a la mierda al cliente y me niego a añadir un solo dibujo más. lo mejor es su cara de sorpresa. parece no (querer) entender que el miserable dibujante esté harto. lo suyo es caer de hinojos ante la magnífica oportunidad de ser explotado, con la débil esperanza de que, a éste, sigan otros encargos. no me engaño. si ha recurrido a mí -sé que mi estilo no le vuelve especialmente loco- es porque nadie más habrá querido aceptar un trabajo así, en vísperas de puente, y por tan poco dinero. por los métodos que emplea, no debe de ser un desconocido en la profesión. para mí, hasta cierto punto, sí. riesgos que corre el francotirador.
hay cuatro condiciones para aceptar un encargo (caso de que no se tengan hijos, claro): que resulte estimulante; que lo paguen bien; que sea fácil de ejecutar; que los plazos de entrega sean relajados. evidentemente, no se darán -casi nunca- las cuatro juntas. pero, por lo menos, deben darse tres. por debajo de eso, estás perdiendo dinero y tiempo -o sea, más dinero. nada como los números para acabar con la tontería de la culpa. porque no hay culpa que resista la evidencia de que estás haciendo el idiota.
me quito el pijama, me ducho y afeito. redeescubro mi rostro, macilento pero de nuevo terso. llueve. la pesadilla ha terminado. sólo queda superar el postoperatorio. por la casa, diseminados como por un campo de batalla, lápices, rotuladores y tubos de acrílico. en realidad, como en un campo de batalla, el paisaje alrededor contiene una revelación. es hora de colgar los trastos y buscar nuevos derroteros.

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