
desayuno tarde, sentado a la mesa de la cocina, mientras observo la luz que dibuja simetrías en la pared blanca del patio, por encima de la cual el cielo planea, azul y despejado. la colada aletea, movida por una brisa fresca. sin otro esfuerzo de imaginación que el de olvidar, por un instante, donde estoy, adivino la presencia del mar, justo del otro lado del muro y bendigo la suerte que me permite disfrutar de un momento así en un lunes de labor. la voz de mi padre, recordándome, amenazador, el triste destino de la cigarra, enturbia, durante un segundo o dos, mi dicha. no mucho más. "después de todo", pienso, "tanto la cigarra como la hormiga de la dichosa fábula llevan muertas una eternidad (mi padre, algo menos)". yo sigo vivo, con mi tostada en la mano, y la mirada suspendida sobre el vacío. las golondrinas trazan arabescos en vuelo rasante sobre el tejado. muerdo el queso blanco sobre su lecho de aceite y trigo. lo siento.

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