mayo 29, 2006


cuando llega este tiempo, uno comprende, de golpe, el porqué de las casas de la infancia sumidas en una densa penumbra. el concepto de fortaleza asediada. fuera, el sol como un ejército bárbaro que todo lo asola. dentro, la oscuridad atenuada por el reflejo, en suelos y paredes, de la luz filtrada, a rayas, por las contraventanas venecianas. en esas líneas iluminadas, como tajos precisos en una tela negra, reside buena parte de la sensualidad meridional. cuerpos desnudos, abandonados al descanso; caricias apenas esbozadas; placeres lentos.
hay un momento en que todo cuanto aprendimos de forma instintiva, se desaprende bajo el empuje de nuevas formas. una nueva novia, por ejemplo (evocación rencorosa de l.), que insiste en que hay que mantener las ventanas abiertas de par en par en pleno día, "por si sopla el aire". y el aire, de haberlo, es una lengua de fuego. pasa el tiempo, aquella novia desaparece y te vuelves a encontrar en la penumbra, con las ventanas cerradas a cal y canto, confiando en que, de madrugada, otra brisa, esta vez suave y fresca, baje de la montaña y apacigüe, en algo, el sofoco de las paredes.
cuando, a partir de junio, el termómetro se desboque y de prácticamente nada sirvan ya los trucos de nuestros mayores para escapar del horno, tengo pensado irme a vivir al zaguán de la finca, fresco como una bodega. he comprado una mesita de cámping y una silla plegable. lo de bajarme la tele para ver películas, resulta más complicado -aunque dispongo de enchufe. en cambio, nada me impidirá hacer mis deberes con ayuda del portátil. y, si de recibir se trata, me pondré la bata de seda de mi abuelo y en un barreño con hielos conservaré la cerveza y el vino fríos. están uds invitados, pero avisen antes.
aclaración: claro que conozco la existencia de los aparatos de aire acondicionado pero me resulta difícil convivir con ellos. rinitis aguda suele ser la consecuencia de nuestros amores estivales.