extraños en el paraíso

diciembre 31, 2006


"Sin esperanza y sin desesperación" (Isak Dinesen)


fin de año, entre la niebla y un frío denso y apagado que recubre la ciudad entera, envuelve la luz de las farolas, como una gasa, acecha del otro lado de las ventanas empañadas. con sadam colgando del árbol, como un siniestro abalorio, y el fondo musical a cargo de la zambomba aeroportuaria de e(sos)t(arados)a(byectos). encuentro en un mercadillo callejero, de regreso a casa, un ejemplar, de mil novecientos y poco, gastado y propiedad de una tal ángela s.m. (dato revelador), de un libro que tengo irremisiblemente asociado a la tortura infantil: corazón, de edmundo d'amicis (al que yo siempre he llamado inmundo d'amicis, chiste fácil pero justo). algo así como la cartilla escolar para la formación del espíritu nacional italiano y la transformación de los infantes de todas partes en dóciles corderitos modelados por el ejemplo de sus pares de papel. historias terribles, desoladoras, de niños entregados, dolidos, sacrificados en el altar de la patria y del deber filial, todo ello aderezado con la salsa espesa e indigerible del tardorromanticismo y su sed de gloria, trabajo y orden. el libro y las historias con la que mi señor padre transformó mi prometedora sensibilidad en una corona de espinas. me las fue leyendo, religiosamente, un día sí y otro también, a lo largo de mis tres, cuatro y cinco años, atento siempre a la cosecha de lágrimas que había de producirse de forma necesaria al cabo de su lectura (¿quién se ha podido resistir jamás -o siquiera aparentar indiferencia- ante la escena del tamborcillo sardo, pálido y ojeroso, que muestra a su capitán, que ha venido a interesarse por él al hospital, su pierna izquierda amputada por encima de la rodilla, por culpa de la metralla y de su esfuerzo heroico?). luego habrá quién se extrañe de que uno haya desarrollado una profunda querencia por el masoquismo (afortunadamente, del sentimental me he ido quitando pero me ha costado lo mío. y me sigue costando).
dudo un poco pero termino llevándomelo. al enemigo, más vale tenerlo cerca y bajo estricta vigilancia. lo importante ahora es que no ceda a la secreta tentación de acabar leyendo las historias del pequeño escribiente florentino, del pequeño patriota paduano o del marco de los apeninos a los andes, a mis tiernos sobrinitos. a escondidas de sus padres, claro.
la niebla redondea los alféizares, se engancha entre las ramas desnudas de los árboles que cadenas de bombillas rescatan de la pesadilla decimonónica a la que la bruma y el libro me condenan. me voy a casa, a cruzar tranquilo la frontera arbitraria entre un año y el siguiente. sin tomar partido en la eterna disputa entre partidarios y detractores, prescindo gustoso de la ley de las doce campanadas y de las dichosas uvas que siempre se me atragantan. si han de ser que sean, mejor, en forma de vino. a lo mejor soy capaz entonces de quemar el libro, con ayuda de algo de alcohol metílico, en el fregadero de mi cocina.

diciembre 22, 2006


de entre todos los empeños a los que el humano se cree abocado el más persistente es, seguro, el de la búsqueda última del sentido. el sentido del todo y el de cada una de sus particularidades. el sentido de la vida o el de una palabra o frase o, incluso, un mero signo encontrado al azar, como una piedra con la que uno ha tropezado o la castaña que ha dado en caer sobre su frente, una tonta mañana de invierno. a favor o en contra, qué importa. de lo que se trata, en suma, es de dar con algo, cualquier cosa que nos redima de la sospecha venenosa de que tal sentido no existe. o que, de existir, sólo lo hace como ficción. nacemos, vivimos, nos reproducimos y nos extinguimos sin el menor motivo aparente, como pequeños fuegos fatuos en la oscuridad de la noche. "sentirse dilapidado también como humanidad (y no sólo como individuo), a la manera como vemos que la naturaleza derrocha las flores, es un sentimiento superior a todos los sentimientos", escribe nietzsche.
[dilapidación, derroche. dos sustantivos que señalan otras tantas acciones por las que siento una mezcla de excitación y de especial ternura].
ante el horror al sinsentido, caben la desesperación -que termina sobre la calzada contra la que un cuerpo arrojado al vacío rebota, antes de quedar destrozado e inerte , o en una huída hacia adelante adosada a una creencia, una fe, en cualquier otra ficción-; y, por qué no, el sueño del arte (se pregunta el filósofo: ¿quién se halla en condiciones de soportar ese "sentimiento superior a todos los sentimientos? sin duda, un poeta; pero los poetas saben consolarse siempre").
queda una tercera opción: la de la alegría feroz, salvaje, del que ha comprendido y aceptado que no hay más sentido que el del mismo movimiento, en el momento mismo en que éste se produce. sentido que nace y muere en el instante, sin desplegarse apenas, como un aleteo o un fogonazo; alegría feroz del que sabe que todo se termina pero que no hay motivo real para sufrir por ello. pues, si ésa es nuestra condición, ¿qué sentido tiene torturarse con lo que no lo tiene?
contemplo al perro de t., un airedale terrier precioso de piel moteada color canela, mientras da brincos en pos de un borra de polvo que el viento caprichoso zarandea.
pienso, arrebatado y frío a un mismo tiempo, en los jóvenes waffen grenadiers de la división charlemagne, últimos defensores -ellos, tan franceses, por una ironía de ésas que la historia se complace en subrayar- del búnker en el berlín asediado, bailando la danza del ocaso de los dioses entre las balas, el rugir de los obuses, la muerte por doquier y el fuego que arrasa la ciudad; indiferentes a su suerte -pues no ignoran lo que les espera: una mera bala en la nuca; su número tatuado no deja lugar a dudas de a qué cuerpo pertenecen. el hecho de ser franceses que luchan en el bando equivocado les hace, además, merecedores de una doble muerte, por traidores-, alegres y feroces, en su soberana conciencia del fin.
observo una hoja de un castaño de indias que viene a caer, con liviano zigzag, junto a mis pies.
el rostro de s. mientras se corre. el instante.
flores derrochadas. o el derroche de las flores.

diciembre 21, 2006

diciembre 18, 2006


leo: "entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías". combatir la nada. rellenarla de sentido, como las plumas la funda del almohadón. ¿qué otra cosa hacemos escribiendo, pintando, sacando fotos o liándonos a pedradas con el vecino, sino combatir la nada? follar es una de las mejores y, al margen de aspectos biológicos, ligados a la necesidad de asegurarse la renovación de la especie, es aquél su más esencial sentido. efímero sentido. un polvo es una línea discontinua y en pendiente entre dos nadas. como el agónico emerger del agua de un cuerpo que se hunde. ya dijo pascal que todos los males del hombre derivaban de su incapacidad para quedarse sentado, sin hacer nada, en una silla colocada en medio de una estancia...
en una nada llena de por sí -la nada oriental no nihilista- a la que no es necesario combatir, sino entregarse sin reservas para disfrutar del flujo y reflujo de sus erráticas corrientes, el sexo practicado con un punto de locura te garantiza el delirio y el olvido completo, aunque momentáneo, del ser. también la fotografía, claro, con la ventaja de que ésta te proporciona, de paso, la memoria perenne del instante fugaz y del citado olvido. de ahí la belleza de una foto que haya logrado atrapar la explosión del orgasmo. ambas, sexualidad y fotografía, comparten la búsqueda del fogonazo, su pasión por el fulgor del flash y el sonido del disparador que te devuelven, en uno y otro caso, y una vez recuperada la vista, a esa nada, vacía o llena, al gusto de cada cual (con la posibilidad, incluso, de escoger según el día la nada de tu probador que mejor te sienta).

diciembre 08, 2006

vivo atenazado por la sospecha de si me habré cruzado, en algún momento, no ya con el propio litvinienko sino con, pongamos, la sobrina de su casero, de vacaciones en madrid, o el camarero del fish & chips que le trajo las vueltas en algún momento de su calvario, el amante secreto de su corredor de apuestas, o el primo de un amigo que estuvo, hace dos semanas, de compras por londres... todo esto demuestra claramente que la globalización es un hecho y que el aleteo de una mariposa bendecida por el polonio 210 en un recodo de hyde park puede acabar siendo el origen de una hecatombe nuclear en una plaza de estepona.

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para esos días en que, irremisiblemente, me hundo en el fango espeso de la melancolía, encuentro esta frase de demócrito que posee la eficacia del bálsamo de fierabrás y la elegancia de un poema destinado a rasgar el pegajoso velo del pathos: "nada existe fuera de los átomos y del espacio vacío; todo lo demás es opinión".
al respecto, nietzsche dejó escrito: "el mundo se agita en su totalidad sin ningún género de razón ni de tendencia. todos los dioses y mitos son inútiles". se dice que el furibundo platón quemó las obras de demócrito. platón, como ya lo demostrara diógenes, el perro, fue siempre un redomado tramposo.

llueve, en mi patio, como cada vez que tiendo la colada. ropa negra que el exceso de agua torna reluciente. robert lowell murió en el interior de un taxi, una tarde de lluvia, en nueva york, hace veintinueve años, mientras su caronte particular le hablaba de pájaros (yo, para entonces, tenía once años, cuatro meses y cuatro días y no sentía un especial cariño por casi nadie). nunca se supo si aquel desconocido logró cobrarse aquella extraña carrera hasta la tumba, pero sí que no dejó de hablarle de las garzas rojizas y otras aves migratorias, a su cliente (que había escrito, unos años antes: let the sea-gulls wail/for water, for the deep where the high tide/mutters to its hurt self, mutters and ebbs. o, mejor aún: now here, now there, the starling and the sea/gull splinter the groined eyeballs of my sin,/brothers, more beaks of birds than needles in/the fathoms of the bayeux tapestry:"god wills it, wills it: it is blood".) mientras éste dejaba caer, mansamente, su cabeza sobre el asiento. aquí llueve igual, pero los taxistas no hablan de seres alados y a mí me pesa la cabeza por las noches de insomnio acumuladas y el recuerdo fulgurante de la nieve.


rodeados de nieve -la primera nieve-, el silencio dibuja una tosca trama de blancos y grises pálidos que recubre ramas bajas y oquedades y empolva la desaliñada peluca de los señores del bosque. como un gigantesco edredón de pluma entre cuyos pliegues nos deslizamos, a salvo ya de la ventisca que no nos ha dejado subir hasta lo alto del puerto -enloquecido, el viento nos ha zarandeado y tajeado el rostro a voluntad. seguimos, un rato, las huellas de unas bicicletas de montaña y de otras botas más madrugadoras -el supuesto sendero que habíamos de tomar ha desaparecido bajo varias capas de algodón en rama. extravíados, no tenemos más remedio que retroceder, siguiendo nuestro propio rastro, ante la mirada impasible de unos caballos salvajes. más allá de este bosque, nada existe. aquí dentro, sólo somos dos pálidas sombras, a duras penas erguidas, que van dando tumbos de un lado a otro del valle, cruzando torrenteras desbordadas, hundiendo la pierna en la nieve hasta las rodillas. el aire es de cristal y acero. el horizonte, una línea quebrada entre los árboles. la luz, una sábana translúcida e inmisericorde.

diciembre 06, 2006

diciembre 03, 2006

recepción en el ritz con k. la décadence. no la mía, desde luego -guapo como voy con mi traje de hace setenta años, que mi sastre me dejó como un guante- ni la de k., estupenda bajo su abrigo rojo encendido, sino la del propio ritz. decadencia sin gracia, además. como la de esos viejos que se dejan crecer, al albur, el pelo de la nariz y las orejas. exceptúando al tipo de rasgos árabes, gordo y con un ojo tapado bajo las gruesas gafas, que confiere al bar de la entrada, a una de cuyas mesas está sentado comiendo pistachos, un aire de otros tiempos y otros lugares (estambul, por ejemplo, en el período de entreguerras), el conjunto resulta harto deprimente, con esos techos y paredes sin pintar desde hace tiempo, y las marcas que han ido dejando el humo y el polvo acumulados. que los clientes sean zafios -tipos en vaqueros y con pinta de vagabundos y, seguramente, más ricos que creso- es un mal inevitable; pero que camareros y camareras sean -con notables excepciones- dignos de una película de terror de serie b, plagada de zombis vestidos con fracs tres tallas más grandes, es lo que convierte al ritz en un sinsentido decrépito. después de todo, y como bien saben los ingleses, la supervivencia de tradiciones y símbolos no depende de las clases más pudientes, veleidosas y traicioneras, sino de una sólida y orgullosa clase trabajadora que los hace suyos, los pule y les otorga sus cartas de nobleza. según p., éste es el país del mundo civilizado con los peores camareros (me queda el recuerdo de la señorita que me golpeaba, una y otra vez, los riñones con su bandeja de canapés). y el ritz, el mejor ejemplo de ello. cualquier día lo convierten en un hard rock café y le estará bien empleado. aunque, sinceramente, no creo que se note la diferencia.

se queja j. de lo mal que se traducen los títulos de las películas en este país ("don´t come knocking por llamando a las puertas del cielo y luego quieren que la gente interprete bien las películas"). si sólo fueran los títulos... quien más, quien menos -y a poco que se hable medianamente una lengua extranjera- se ha quedado con la extraña sensación de que, en la pantalla, algo no iba bien, de que lo que los personajes decían en su lengua original poco o nada tenía que ver con la interpretación, que de ello, había hecho el traductor. y eso, cuando hablamos de cine en versión orginal. si la cinta ha sido doblada, no queda más remedio que bajar los brazos y entregarse a la ley del disparate. claro está que hay doblajes que, de puro infames, han alcanzado la categoría de mitos, en la misma línea que las películas de ed wood. ¿quién no recuerda el resplandor, en el doblaje de verónica forqué y otro manta de cuyo nombre no me acuerdo? y pensar que fue el propio kubrick quien la escogió...
ayer me tocó enfrentarme a otro producto de la mente enferma de un traductor borderline. the trial (el proceso), de orson welles, basada en la novela homónima de f. kafka. la película es soberbia, aunque desigual. desde el punto de vista del tratamiento de la imagen, una obra maestra. ahora bien, la traducción y doblaje de la misma deben figurar en los primeros puestos de una historia general de la infamia. la versión que se vende aquí es una muestra ejemplar de la falta de respeto que impera en nuestro país respecto del trabajo ajeno. a todos los niveles, desde el traductor, a los dobladores (que repiten, como loros, frases que no tienen el menor sentido) y al distribuidor de la cosa. en resumidas cuentas, la traducción es digna de un cretino ignorante, que no sólo desconoce el inglés sino su propio idioma (recuerdo perlas como "compadecer" por "comparecer", "voluctuosidad", por "voluptuosidad", o "prevalicador", por "prevaricador", entre otras muchas -ese inolvidable haber por a ver- y amén de los errores garrafales de traducción, que empañan el sentido -como cuando k (llamado ca en los subtítulos) dice que ha acudido para ver de cerca el funcionamiento de la justicia, que le resulta odioso y que no quiere ver nada más. según el traductor, y el doblador, lo que dice k es que ¡se siente odiado!). están luego las partes sin traducir y las que se añaden y no aparecen en la versión original. en suma, un cúmulo de despropósitos, eso sí, digno de una novela escrita por el propio kafka en la que el traductor, o traductores, jugasen el papel de los estúpidos burócratas. para colmo de males, la versión original ofrece un pésimo sonido con lo que es difícil, en algunos momentos, limitarse a seguir los diálogos en inglés. menos mal que romy schneider (llamada leni, beni y no recuerdo qué mas, por obra y gracia del tradittore) logra siempre endulzar la más pesada de las cenas. roguemos por ella.
pero sigo pensando que la ejecución en plaza pública de traductores (por hacer mal su trabajo, muchas veces con la peregrina excusa de que no están bien pagados), editores (por pasarse por el forro el mínimo cuidado y respeto hacia películas, libros, espectadores, lectores y, por supuesto, traductores) y distribuidores (por presionar sin descanso a los anteriores con el lucro como único objetivo) serviría de escarmiento para los propios y de solaz para los ajenos.