les jeunes filles rangées
anoche no dejé ni un segundo de dibujar mientras hablaba por teléfono. la habilidad del pulpo. k., con su proverbial exactitud: "tengo la impresión de que tú y yo somos mejores personas estando solos". no dijo "tengo la impresión" -es sólo una fórmula retórica-, pero el resto sí.
es cierto. muy cierto, incluso. mejores personas. no sólo yo -ya lo sabía- sino también ella. en eso residía la sorpresa. no me lo esperaba. y no porque pensara que k. es de esa clase de mujeres que se sienten vacías o perdidas sin la presencia cercana de un varón. pero imaginaba que tenía mejor concepto de sí misma en pareja. al parecer, no: "somos mejores personas estando solos". certezas. esa misma frase, dicha a los veinte años es de una temeridad desmedida. expresión del miedo escénico. fingimiento. con cuarenta, no.
es cierto. muy cierto, incluso. mejores personas. no sólo yo -ya lo sabía- sino también ella. en eso residía la sorpresa. no me lo esperaba. y no porque pensara que k. es de esa clase de mujeres que se sienten vacías o perdidas sin la presencia cercana de un varón. pero imaginaba que tenía mejor concepto de sí misma en pareja. al parecer, no: "somos mejores personas estando solos". certezas. esa misma frase, dicha a los veinte años es de una temeridad desmedida. expresión del miedo escénico. fingimiento. con cuarenta, no.
me gusta esa frase. no porque venga a corroborar lo que ya sabía por experiencia, sino por su exactitud desnuda, serena, matemática. la que deriva del reconocimiento de sí. nada de críticas simplistas de corte psicologista, nada de síndromes de peter pan o de inmadurez crónica, a los que, con tanta alegría, recurren revistas y libros de autoayuda (y sus lectores), para tratar de explicar lo que simplemente es. mero reconocimiento -del otro y de sí- entre adultos a los que la vida va poniendo en su sitio. no hay resignación, tampoco, en la frase de k. sólo constatación. sin adornos. "somos mejores personas estando solos". sólo eso. y es mucho.
que la opción de seguir solo sea, sistemáticamente achacada a la incapacidad para madurar y asumir compromisos -visión torticera por interesada- equivale a las acusaciones de estrechez e inmadurez vertidas sobre la mujer que se resiste a abrirse de piernas a la primera. pero, en este supuesto, suele ser el acusador el que se pone en evidencia. en el primero, el acusado. todo responde a una burda, mal disimulada teleología. y los intereses, cuanto más a la vista, mejor. muchas mujeres -pero, ojo, empieza a haber también muchos hombres-, alentadas por las lecturas del cosmopolitan, el feminismo de bolsillo y la sagacidad filosófica (execrable y rancia bajo la costra de glamour) de sexo en nueva york, han encontrado en las fórmulas de descalificación simplistas el arma ideal, con la que reclamar sus derechos a participar, de lleno, en las luchas de poder. ¿por qué no dirán, simplemente, que quieren compañía permanente de "bípedo sin plumas" (el famoso hombre de platón)? ¿o la seguridad del matrimonio? ¿o ser madres? porque es eso, pero no es eso. y viceversa. porque queda muy conservador decirlo así, de forma tan abrupta y sincera, demasiado old fashion (aunque infinitamente más honrado). mejor hacerse las modernas, pero dentro de un orden, claro. casadas, pero sin papeles (o con ellos, pero no por la iglesia); golfas, pero en la seguridad del domus. entre los brazos de un salvaje encantador y a su servicio. un salvaje por horas (porque una es muy independiente, no se vaya usted a creer), rebelde y manso al mismo tiempo. locura, pero controlada, administrada. es la vieja historia, siempre renovada, de la domesticación. es la peste de la middle class. sus frivolidades tontas, sus juegos de salón, sus coqueteos con la diferencia -pero nunca con la identificación radical, eso no. el "me enamoro del más loco, del más malo" pero siempre a condición de que acabe volviéndose cuerdo y bueno. y lo llaman amor, palabra que todo lo bendice. falsa poesía.
¿qué fue lo que mató a sylvia plath? (al margen de que fuera ella misma la que abriera el gas, sin ayuda de nadie). ¿t. hughes, el marido, laureado poeta, envidioso y misógino? ¿la soledad? ¿la frustración? ¿el dolor? es indudable que todo ello tuvo su efecto pero sospecho que fue, más bien, la creencia profunda en sus derechos (supuestamente) inalienables lo que le abrió la puerta del horno. el derecho, permanentemente insastisfecho (como cualquier derecho) a que mamá la comprendiera. a que papá la quisiera. a que todo el mundo rindiera pleitesía a la niña rubia súperdotada. en suma, su filosofía de clase media, plagada de fantasías (nada más clase media, de hecho, que la fantasía y sus variadas manifestaciones). el arte de los publicistas transformó su vida y su muerte en una tragedia cuando no había pasado de ser un drama. y el drama, ya se sabe, manca finezza.
tarde de lluvia. veranillo inglés. una delicia.

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