somos siete u ocho en la cola. gente que va y viene, alrededor, cargada de ropa. un hombre -de unos cincuenta años- se ha colocado detrás de mí. lleva en la mano una camisa a rayas.
-¿y ésta? -le pregunta a gritos su mujer, mientras le muestra otra camisa, muy parecida a la que ha cogido-. es azul, ¿no te gusta?
-no es azul -responde él, en voz baja-. es morada.
-¡ah! -la mujer suelta la prenda y se acerca -. me pareció azul, fíjate.
parece inquieta. en realidad, está enferma de los nervios. basta con fijarse en cómo mueve las piernas y la cabeza para darse cuenta.
-voy a dar una vuelta -dice-. a ver si encuentro otra talla.
el hombre me pide permiso para adelantarse hasta el mostrador a echarle un vistazo a la bandeja de las corbatas.
-voy detrás de usted -me recuerda.
asiento con la cabeza.
entretanto, la mujer persigue a las dependientas, camisa en mano, tratando de que alguna le indique dónde puede encontrar una talla mayor. un hombre joven le explica, que ya no hay, que se han agotado.
junto a mí, el hombre ha dado con una corbata a franjas azules y naranjas. la mira, la sopesa, la elige.
-¿qué haces con esa corbata? -pregunta ella, de regreso de su infructuosa expedición.
-me gusta -responde él-. me la llevo.
-no te lleves esa corbata. es horrible.
pienso que es la más bonita de cuantas se amontonan en la bandeja.
-¡es horrible, por dios! ¡déjala! ¡déjala!
la mujer forcejea, tira de la tela. el hombre resiste.
-sólo son cinco euros.
-cinco euros que vas a tirar a la basura. ¡es una corbata horrorosa! ¡déjala!
-a mí me gusta -insiste él-. la voy a pagar yo.
-¿por qué quieres tirar quinientas pesetas (sic) a la basura? deja esa corbata.
-la voy a pagar yo. en todo caso, seré yo quien tire el dinero.
-¡por dios, vas a parecer un payaso! ¡mira qué colores! ¡es una corbata de payaso!
-es la moda de este año, no entiendes nada.
-¡qué moda! ¡azules y naranjas! ¡son unos colores horrorosos!
-a mí, me gusta-. el hombre vuelve a mirar el dibujo, pasa sus dedos por la tela. ella está cada vez más nerviosa. resopla, hace aspavientos.
-¡déjala, hombre, déjala! ¡con todas las corbatas que tienes! ¿para qué quieres una más? -ella sigue tirando de la tela.
-la vas a romper -dice él.
-¡qué se rompa!
-entonces, habrá que pagarla pero estará rota.
-mejor. ¡es horrible! ¿cómo piensas ponértela?
-claro -dice él-. me pides que te acompañe de tiendas y cuando encuentro algo que me gusta, no me dejas llevármelo.
-porque es horrible.
-pues no me lleves de tiendas.
-¡vámonos! -empieza a gritar-. ¿no te basta con la camisa?
-te he dicho que me gusta esta corbata.
-¡pues no compramos nada, ni la camisa ni la corbata! -vocifera mientras arroja la camisa a un cajón de ropa-. ¡vámonos de aquí!
el hombre devuelve la corbata a la bandeja del mostrador y abandona la cola. lo veo desaparecer tras un recodo, rumbo a las escaleras. la mujer recoge la camisa del cajón y se vuelve a poner en la cola.
-¿no tienen una talla más? -pregunta.
pago mi polo de manga corta. al llegar a las escaleras que conducen a la salida, veo al hombre sentado en la penumbra.
al pasar junto a él, me agacho un instante:
-huya -le digo en un susurro-; levántese y huya.
me yergo y sigo subiendo. en la calle, el calor sestea sobre hombres, mujeres y niños. movimiento constante y luz de atardecer. el calor.

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