recepción en el ritz con k. la décadence. no la mía, desde luego -guapo como voy con mi traje de hace setenta años, que mi sastre me dejó como un guante- ni la de k., estupenda bajo su abrigo rojo encendido, sino la del propio ritz. decadencia sin gracia, además. como la de esos viejos que se dejan crecer, al albur, el pelo de la nariz y las orejas. exceptúando al tipo de rasgos árabes, gordo y con un ojo tapado bajo las gruesas gafas, que confiere al bar de la entrada, a una de cuyas mesas está sentado comiendo pistachos, un aire de otros tiempos y otros lugares (estambul, por ejemplo, en el período de entreguerras), el conjunto resulta harto deprimente, con esos techos y paredes sin pintar desde hace tiempo, y las marcas que han ido dejando el humo y el polvo acumulados. que los clientes sean zafios -tipos en vaqueros y con pinta de vagabundos y, seguramente, más ricos que creso- es un mal inevitable; pero que camareros y camareras sean -con notables excepciones- dignos de una película de terror de serie b, plagada de zombis vestidos con fracs tres tallas más grandes, es lo que convierte al ritz en un sinsentido decrépito. después de todo, y como bien saben los ingleses, la supervivencia de tradiciones y símbolos no depende de las clases más pudientes, veleidosas y traicioneras, sino de una sólida y orgullosa clase trabajadora que los hace suyos, los pule y les otorga sus cartas de nobleza. según p., éste es el país del mundo civilizado con los peores camareros (me queda el recuerdo de la señorita que me golpeaba, una y otra vez, los riñones con su bandeja de canapés). y el ritz, el mejor ejemplo de ello. cualquier día lo convierten en un hard rock café y le estará bien empleado. aunque, sinceramente, no creo que se note la diferencia.

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