llueve, en mi patio, como cada vez que tiendo la colada. ropa negra que el exceso de agua torna reluciente. robert lowell murió en el interior de un taxi, una tarde de lluvia, en nueva york, hace veintinueve años, mientras su caronte particular le hablaba de pájaros (yo, para entonces, tenía once años, cuatro meses y cuatro días y no sentía un especial cariño por casi nadie). nunca se supo si aquel desconocido logró cobrarse aquella extraña carrera hasta la tumba, pero sí que no dejó de hablarle de las garzas rojizas y otras aves migratorias, a su cliente (que había escrito, unos años antes: let the sea-gulls wail/for water, for the deep where the high tide/mutters to its hurt self, mutters and ebbs. o, mejor aún: now here, now there, the starling and the sea/gull splinter the groined eyeballs of my sin,/brothers, more beaks of birds than needles in/the fathoms of the bayeux tapestry:"god wills it, wills it: it is blood".) mientras éste dejaba caer, mansamente, su cabeza sobre el asiento. aquí llueve igual, pero los taxistas no hablan de seres alados y a mí me pesa la cabeza por las noches de insomnio acumuladas y el recuerdo fulgurante de la nieve.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home