diciembre 22, 2006


de entre todos los empeños a los que el humano se cree abocado el más persistente es, seguro, el de la búsqueda última del sentido. el sentido del todo y el de cada una de sus particularidades. el sentido de la vida o el de una palabra o frase o, incluso, un mero signo encontrado al azar, como una piedra con la que uno ha tropezado o la castaña que ha dado en caer sobre su frente, una tonta mañana de invierno. a favor o en contra, qué importa. de lo que se trata, en suma, es de dar con algo, cualquier cosa que nos redima de la sospecha venenosa de que tal sentido no existe. o que, de existir, sólo lo hace como ficción. nacemos, vivimos, nos reproducimos y nos extinguimos sin el menor motivo aparente, como pequeños fuegos fatuos en la oscuridad de la noche. "sentirse dilapidado también como humanidad (y no sólo como individuo), a la manera como vemos que la naturaleza derrocha las flores, es un sentimiento superior a todos los sentimientos", escribe nietzsche.
[dilapidación, derroche. dos sustantivos que señalan otras tantas acciones por las que siento una mezcla de excitación y de especial ternura].
ante el horror al sinsentido, caben la desesperación -que termina sobre la calzada contra la que un cuerpo arrojado al vacío rebota, antes de quedar destrozado e inerte , o en una huída hacia adelante adosada a una creencia, una fe, en cualquier otra ficción-; y, por qué no, el sueño del arte (se pregunta el filósofo: ¿quién se halla en condiciones de soportar ese "sentimiento superior a todos los sentimientos? sin duda, un poeta; pero los poetas saben consolarse siempre").
queda una tercera opción: la de la alegría feroz, salvaje, del que ha comprendido y aceptado que no hay más sentido que el del mismo movimiento, en el momento mismo en que éste se produce. sentido que nace y muere en el instante, sin desplegarse apenas, como un aleteo o un fogonazo; alegría feroz del que sabe que todo se termina pero que no hay motivo real para sufrir por ello. pues, si ésa es nuestra condición, ¿qué sentido tiene torturarse con lo que no lo tiene?
contemplo al perro de t., un airedale terrier precioso de piel moteada color canela, mientras da brincos en pos de un borra de polvo que el viento caprichoso zarandea.
pienso, arrebatado y frío a un mismo tiempo, en los jóvenes waffen grenadiers de la división charlemagne, últimos defensores -ellos, tan franceses, por una ironía de ésas que la historia se complace en subrayar- del búnker en el berlín asediado, bailando la danza del ocaso de los dioses entre las balas, el rugir de los obuses, la muerte por doquier y el fuego que arrasa la ciudad; indiferentes a su suerte -pues no ignoran lo que les espera: una mera bala en la nuca; su número tatuado no deja lugar a dudas de a qué cuerpo pertenecen. el hecho de ser franceses que luchan en el bando equivocado les hace, además, merecedores de una doble muerte, por traidores-, alegres y feroces, en su soberana conciencia del fin.
observo una hoja de un castaño de indias que viene a caer, con liviano zigzag, junto a mis pies.
el rostro de s. mientras se corre. el instante.
flores derrochadas. o el derroche de las flores.