a fuerza de vivir en un barrio, hasta la más recalcitrante de las misantropías sufre ciclos de distensión. la familiaridad del paisaje -sus escasas variaciones: un andamio que desaparece para reaparecer, dos calles más abajo, adosado a otro edificio; un cambio de negocio en la tienda de al lado- reconduce la atención del flâneur, entomólogo aficionado, hacia la variopinta fauna que pulula, absorta en sus quehaceres, por su territorio natural. a punto de desembocar en la plaza, me cruzo con un espectro. cabizbajo y maltrecho, reconozco en sus rasgos los de un hombre que, no hace tanto, atendía, con su guardapolvo azul, una tienda de ultramarinos. ahora, sólo es la sombra de sí mismo. despeinado, con pintas de no haberse lavado en mucho tiempo, se desliza pegado a la pared, con una expresión de terror pintada en el rostro. mueve la cabeza involuntariamente, farfulla palabras que sólo él entiende, se siente acosado por su sombra. no es el único. hay otro, alto, muy delgado, de ojos encendidos y barba poblada, al que hace algunos años era frecuente ver por los bares del barrio a la salida del trabajo, con su abrigo de loden y su portafolios. entonces, no llevaba barba. al cabo de un tiempo, le dio por pasarse los días en la plaza, perorando a gritos acerca de todo lo divino (cuando no entendías lo que decía) y lo humano (cuando su discurso resultaba comprensible). deduje que era abogado. luego, desaparecía unos meses, al cabo de los cuales, un buen día, volvías a escuchar su vozarrón clamando a los cuatro vientos.
junto al contenedor, un dúo que podría parecer cómico -el tipo alto y flacucho y el bajito y rechoncho-, se afana, con eficacia militar, entre los escombros, en busca de materiales variopintos cuyo valor real soy incapaz de calcular: restos de cobre, neones vacíos, trozos de alumnio y acero, procedentes de un armarito de baño... no cruzan palabra entre ellos, como esas parejas de larga duración para las que el silencio y los gestos son tanto más expresivos como que ya no tienen nada que decirse el uno al otro.
junto al contenedor, un dúo que podría parecer cómico -el tipo alto y flacucho y el bajito y rechoncho-, se afana, con eficacia militar, entre los escombros, en busca de materiales variopintos cuyo valor real soy incapaz de calcular: restos de cobre, neones vacíos, trozos de alumnio y acero, procedentes de un armarito de baño... no cruzan palabra entre ellos, como esas parejas de larga duración para las que el silencio y los gestos son tanto más expresivos como que ya no tienen nada que decirse el uno al otro.
el repartidor -joven y con la cara picada de viruela- de uno de los puestos de frutas y verduras del mercado que empuja su carrito mientras canta ópera a voz en cuello. la anciana diminuta que pasa, envuelta en su abrigo negro -en invierno o en verano-, agarrando con su mano derecha su muñeca izquierda y la sempiterna bolsa blanca de plástico. antes, siempre salía con sus dos hermanas, todas cogidas del brazo -las tres furias de paseo-, pero hace ya un tiempo que va sola. sospecho que, a las otras dos, se las ha debido de llevar el viento. me la cruzo mientras lee, con gran aplicación y sin mover los labios, la carta del restaurante que hay frente a mi portal. lo hace todos los días y nunca la he visto entrar. imagino que sopesa el contenido de los menús. hoy, me ha lanzado al paso que "el buen tiempo no es señal de bonanza", y yo le he dicho que sí, que tiene toda la razón (a ver quién es el guapo que contradice la voz del oráculo) y ella, a cambio de mi sumisión, ha asentido con la cabeza, perdonándome la vida.
una procesión de yonkis en busca de la fuente de la eterna metadona -que mana sin cesar en la calle fúcar- dobla la esquina de amor de dios, como la brigada de la muerte. la gran ventaja de la heroína -una vez sobrepasada la línea de no retorno- es su capacidad para abolir las clases sociales, así como las diferencias de edad y de género. distingo a uno de los habituales, un tipo achaparrado y sin dientes, de mirada plana, bovina, cargado siempre con la misma bolsa enorme en la que acumula sus tesoros y un abrigo que le cuelga, rígido, acartonado por la suciedad, hasta los pies.
sentado en el banco, junto a la boca de metro, observo la riada humana que sube y baja por atocha, mientras el cielo encapotado se abre y nos bendice a todos con un chorro de luz polvorienta y fría.
me voy a casa.


3 Comments:
Me gusta la descripción que haces. pero que pasa en tu barrio que no hay más que gente rara?
Tu forma de relatar me ha atrapado y me ha tenido absorto. Por unos instantes he logrado olvidar la monótona tarea que me ocupa esta mañana. Las descripciones que nos regalas son bellísimas, y tu expresión es tan delicada y punzante...! Amigo, es un placer pasearse por tu blog.
cristina, bonita...
no es de extrañar que el barrio esté lleno de gente rara... ¿acaso no es rarito el autor del blog?
Publicar un comentario
<< Home