aceptar lo que uno es, no es sino aceptar lo que uno cree ser. dicho así, resulta de una obviedad implacable, irrefutable. après tout, todo es interpretación. propia o ajena. pero el roce constante con los otros, con el mundo, bien pueden servirnos de guía para establecer nuestro propio mapa. nuestro mapa personal. siempre aproximado, siempre revisable, claro. líneas sobre el papel. pero mapa, al fin y al cabo. relativizarlo todo, pretender que es inútil, que de nada habrán de servirnos la experiencia y el análisis de los datos recogidos -en este caso, acerca de uno mismo-, puesto que el mundo en sí no es, a su vez, sino pura construcción mental y, por tanto, sujeto a nuestra voluntad, a nuestro capricho, quedaría bien como juego malabar si no fuera una muestra de absoluta pereza intelectual, propia de pre y posmodernos de toda laya. la amenaza rampante del solipsismo. que, por estos lares, sigamos pensando que la vida es sueño sólo demuestra nuestro grado de impermeabilidad a dos siglos de ilustración y de revolución industrial y científica. que inventen ellos, que dijo aquél. el nuestro es, hoy como ayer, el sueño de los justos. el sueño.
negros nubarrones. tres, cuatro goterones. y todo sigue seco. estéril. el pequeño max sonreía, coqueto, al despertar bajo la capota de su cochecito aerodinámico. flota, a lo lejos, sacudida por el viento, la tela verde de un andamio.

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