enero 10, 2006

noche de autos


10 de enero. si cierro los ojos, siento el bullir del cerebro. como el interior de una olla exprés sin válvula. sucesión vertiginosa de imágenes inconexas. sensación de ver encenderse el sistema interno de alumbrado a medida que la idea avanza a lo largo del circuito. como en los paneles de seguimiento del metro, a medida que el tren discurre por la línea y atraviesa las distintas estaciones. "ne me demandez pas ce que j'aime ou ce que je crois, n'allez pas au fond de mon âme" (Sainte-Beuve dixit). privilegio de aquellos que todavía disponían de una alma. cuando menos, de una alma no abaratada por la retórica de los mercachifles espirituales y otros vendedores de crecepelo. nosotros, devenidos transparentes bajo el bombardeo constante del fotón informativo, del efecto decapante de la autopublicidad continua, de la necesidad constante de ser nosotros mismos a cualquier precio, sin poder realmente serlo. señuelo y trampa. objetivo inalcanzable que admite sucedáneos. transfigurados en inmateriales, disueltos en el índice de precios al consumo. no me quejo. no lloriqueo sobre los restos de lo que fue o pudo haber sido. el exceso de ser, su flatulencia, provocó en los alemanes de la primera mitad del siglo XX una digestión tan pesada y lenta que sólo pudo disolverse en sangre y humo. ordalía excremencial. la insoportable levedad consecuente sólo nos deja fuera de juego, a merced de los caprichos del viento. destino delicado de las hojas en otoño. interrogación menuda. suave melancolía.
por el horizonte, asoman el hocico los nostálgicos del chucrut y la salchicha. viven entre nosotros.
no sé lo que me digo. ni me importa.
hoy ha nacido mi sobrino.
qué más da si tiene alma. con su cuerpecillo de pez me conformo.