
Bendito sea el cuerpo de Correos. Esta tarde el cartero ha llamado a mi puerta, cargado con dos cámaras que había comprado -hace casi un mes- en los Estados Unidos. No las compré in situ, sino en subasta (que es algo así como el limbo del comprador. Más ahora que al Papa le ha dado por liquidar tan venerable y poético lugar). Pasaban los días y no llegaban. Me fui haciendo a la idea -en los tiempos que corren, la fe suele ser lo primero que se pierde, digan lo que digan- de que tal vez nunca lo hicieran. Tantas cosas se pierden... Pero, aquí están. Dos hermosas Argus C-3, modelo de los años 50; un auténtico placer para la vista, el oído y el tacto. Pura mecánica, libre de silicio, de componentes integrados, de placas base. Nostalgia de la sencillez y de la deducción. De la relación, sin duda fantasiosa e irreal, de la causa y el efecto. De la necesidad del conocimiento y la experiencia (calcular la velocidad de obturación, la apertura del diafragma idóneos antes de sacar la foto). Nostalgia de una belleza funcional que las cámaras antiguas sólo comparten ya con las armas de fuego antiguas, con los coches de época y los trajes bien cortados. La vieja querella, siempre actualizada, de antiguos y modernos. ¿Entraña, todo ello, un mal disimulado dédain por lo digital? No lo creo así. Pero a dios lo que es de dios.
Lo lamento, hoy me entrego al "antigüismo", sin ambages ni rubor alguno.

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