enero 07, 2006

día de perros


7 de enero. día de perros. hasta el contestador me ladra cuando descuelgo el teléfono. monotonía de la escritura. debería de haber desayunado antes de sentarme a escribir mi página del día. el leve ronroneo del tráfico a través de la ventana cerrada. la serpiente muerde el corazón de la manzana. deseo, una vez más renovado, de dejarlo todo y salir corriendo en busca de mi arcadia feliz. un lugar en el campo, recogido, con chimenea encendida en la que arden el brezo y la madera. una ventana junto a mi escritorio que da a un jardín inglés. esto es lo que pasa por hojear revistas de decoración en casas rústicas antes de meterse en la cama. ¿nostalgia sincera o inducida? "deduzco que, aunque sea erróneo vivir y trabajar en las grandes ciudades, vivir alejado de ellas y sin trabajar es, si cabe, aún peor". quizá toda nuestra nostalgia del paraíso campestre no sea sino un fantasma. una proyección recurrente de nuestra naturaleza depredadora y asesina. de nuestra conciencia culpable. la naturaleza, en estado puro, no es sino una madre indiferente, a la que le da igual si te va bien como si te va mal. ¿por qué añorarla? en realidad, no es a ella a quien echamos de menos, sino su remedo domesticado, su imagen congelada y factible: el jardín. el sueño de todo urbanita: poder jugar a jardinero de fin de semana (la mayoría no serían capaces ni de transplantar un esqueje de geranio). los mitos románticos del retorno a la naturaleza y del buen salvaje, que tanto daño han hecho, sólo son manifestaciones patológicas de espíritus anhelantes y deformes. desgraciadamente, la civilización lleva dos siglos viéndose contaminada por aquéllas. de ahí esa arquitectura pretenciosa y vulgar, ajena a la escala que nos corresponde.
nubes de perro.