noche de reyes. de pequeño, me encantaba. no recuerdo si lograba, azuzado por los nervios y la emoción, dormir algo o si, por el contrario, me pasaba la noche en vela. pero, en cuanto veía un rayo de sol atravesar la madera de las persianas, saltaba de la cama y, raudo y veloz, recorría en dos zancadas el pasillo hasta el dormitorio de mis padres en cuya cama aterrizaba en plancha. allí, junto a la ventana que daba a la terraza, me esperaban los regalos. hasta el día en que me topé con una bandeja de carbón. de nada valieron las explicaciones de mis padres (el carbón era de azúcar) ni el pálido argumento de que se trataba de una broma (tenía cuatro años). me pasé el día llorando, desconsolado por la decepción. saqué dos conclusiones: que los famosos reyes magos eran gente de por sí arbitraria en sus formas de juzgar y proceder; y que ser bueno no sale a cuenta. como puedo ser muy vengativo -pero justo en mi venganza-, años más tarde me tomé la revancha al desvelar a mis hermanos pequeños que los reyes magos eran un invento así como el lugar exacto -un armario- en el que estaban escondidos los regalos. de ese modo les brindé la oportunidad de poder comprobar, antes de tiempo, el alcance real de sus expectativas. como los padres suelen ser injustos por la naturaleza misma de su función, a la par que amnésicos, fui castigado: mi querida madre cuenta que devolvió el libro de el capitán fracasse, que me había comprado. allá ella.
de resultas, seguramente, de toda aquella dura prueba, durante unos años me convertí al credo republicano. hasta que llegué a la conclusión de que la mayoría de las repúblicas son un timo (como lo es el principio mismo de la soberanía nacional y de la supuesta expresión de la voluntad del pueblo) y sus presidentes, una especie de monarcas acomplejados. como ese gordo advenedizo de santa claus. yo estaba, además, harto de tener que disimular lo bien que me caía isabel II de inglaterra, con esa actitud tan suya, estirada y distante que me encanta, y lo cretina que me resultaba la cursi y lacrimógena de lady di -de quien casi todo el mundo ha tenido el buen gusto de olvidarse (alguien debería pedirle cuentas a la abuelita novelista de la finada por todas las tonterías acerca del amor romántico que le inculcó de pequeña). tampoco es que vaya a creer de nuevo en los reyes magos, ni mucho menos. después de todo, el aprendizaje de la decepción debería ser asignatura obligatoria en el colegio. en cuanto se despisten sus padres, les cuento a mis sobrinos la verdad del cuento. con el tiempo, terminaré siendo un ancianito encantador.

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