enero 06, 2007

a estas alturas, una sola pregunta es determinante: ¿es esto una guerra? porque sólo en caso de la que respuesta sea afirmativa, cabe dedicar tanto tiempo y tantos esfuerzos a hablar de la paz. pero la paz, como cualquiera con dos dedos de frente sabe o intuye, es el resultado de la aniquilación, por todos los medios, del adversario -o. cuando menos, de su capacidad ofensiva y de su voluntad de defenderse. von clausewitz: "no queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. la guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.
la guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad" (esta última frase resume, en su prístina exposición, la postura de la banda).
sólo entendida de esta forma, pudo haber paz en europa, después de casi un siglo de carnicerías varias (la de 1871 entre prusia y la francia de napoleón III, seguida por la primera y la segunda guerras mundiales. guerras cuyo germen hay que ir a buscar en la guerra de los treinta años, prolongada por las campañas de napoleón). por eso, seguramente, estados unidos perderá la guerra en irak, por no haber tenido claro, antes de embarcarse en semejante aventura, que la contienda no cesa -la paz no llega- cuando el oponente depone las armas, sino cuando no le quedan ganas de seguir empuñándolas. o manos con las que empeñarse en la tarea. en ese sentido, no cabe hablar de paz mientras siga el duelo, sino de los medios en liza -todos- para ganar la partida, para ganar la guerra. ello exige la ocupación militar del territorio, el exterminio del enemigo armado, la detención y juicio de los adalides y simpatizantes de la causa derrotada (la biblia recomienda incluso, creo recordar, sembrar de sal los campos de labranza). sobre las ruinas humeantes de las ciudades, y una vez demostrada la sentencia de maquiavelo que recomienda a aquellos que sintieran la tentación de derrocar un gobierno de sopesar cuidadosamente los medios con que cuentan para lograrlo pues, en caso de fracasar, sus acciones sólo habrán logrado acarrear desgracia y dolor a sus contemporáneos, el vencedor podrá hablar de paz y manifestar su magnanimidad (no antes, como demuestra la suerte corrida por julio césar, asesinado a manos de aquellos de sus enemigos para con los que fue clemente). alguien dijo -creo que clémenceau- que la guerra era un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares. el caso es que, cuando queda en manos de los políticos, es como para echarse a temblar de miedo (la mayor parte de los fracasos militares no son tanto debidos a la incompetencia de los profesionales de la guerra como a la natural indecisión de los políticos).


pero pongamos que no es una guerra (a pesar de la imagen de "conflicto sostenido y lucha contra la opresión totalitaria del estado español" (sic), que proyecta, insistentemente, la escoria etarra, heredera del carlismo fratricida y obsesionada por redimir la cobarde actuación de sus mayores durante la guerra civil. por lo que alguien debería de tomarse la molestia de estudiar, de forma sistemática, el pernicioso papel jugado por complejos y acomplejados en el devenir de la raza humana). admitamos que sólo es un asunto de orden público. la incertidumbre y el desasosiego que causa, desde hace 40 años, una organización de corte mafioso/facineroso que vive del chantaje, económico y moral, ejercido sobre una población de 40 millones de individuos (salimos a año de chantaje por millón de ciudadanos). aquí también, y a todas luces, sobra la palabra paz, y no digamos ya esa cosa blanda, de esencia jesuítica y torticera, que llaman "diálogo" (de ahí la repugnancia natural que suscitan todos esos clérigos -e incluyo aquí a buen número de presuntos intelectuales- que claman, a la vista de los muertos y de los destrozos, con diáfana obscenidad, porque no se deje de dialogar -la pregunta subsiguiente es: ¿con quién?-, mientras reprochan a la oposición su falta de flexibilidad frente a los torturadores, asesinos y chantajistas y su falta de apoyo a los esfuerzos -baldíos- del ingenuo presidente).
en este caso, no hay nada que discutir tampoco y toda la energía debe de ser volcada en los medios para derrotar al delincuente. la lucha contra la mafia es larga y dura, porque el símil de aquélla es la metástasis del cuerpo social (recuérdese hasta qué punto la mafia, la camorra o la 'ndrangheta -nacida, por cierto, en españa en el siglo xv- han infectado los distintos estamentos de la sociedad italiana). en este caso, la victoria no sólo es policial, sino moral, estética y con aspectos benéficos para la salud (¿alguien ha oído hablar de que el estado italiano negocie con los capos de la cosa nostra?).

¿estamos, pues, ante alguna clase de guerra o ante un fenómeno persistente de delincuencia organizada? ni lo uno, ni lo otro, sino todo, y lo contrario, al mismo tiempo, según las lustrosas fórmulas mágicas de los políticos.
de lo que se deduce esto: a pesar de las declaraciones altisonantes -y huecas- de políticastros y plumíferos, somos una democracia derrotada. y, lo que es peor, rendida sin haber librado la batalla definitiva. no hay más que leer -o escuchar- los últimos partes de guerra. cabría esperar -vana ilusión- que los políticos nos trataran como a adultos, en algún momento, y nos dijeran la verdad: que vamos a rendirnos, por la sencilla razón de que nunca hemos creído en aquello en lo que decíamos creer. rendirse, deponer las armas, obligados, por el adversario, a acatar su voluntad... pasar página. después de todo, al ciudadano de bien, que cree que todas las causas son justas y todas las opiniones valen lo mismo, le horroriza la violencia, la efusión de sangre. todavía más en periodo de rebajas.
yo mismo me había prometido no meterme más en política pero en días fríos y brumosos, como el de hoy, las arcadas se hacen perentorias e imposibles de disimular.
sigue sin llover.