mayo 08, 2007

por casualidad, mientras traduzco un infumable texto que pretende explicar y regular las relaciones del autóctono con el inmigrante (el "otro", en la terminología pedantorra del humanitarismo de raigambre francesa) doy con la pierre de voûte que explica toda la estupidez del occidente moderno; la bajada de pantalones que implica el ideario multiculturalista:
„ “etnocéntrico” = juzgo el comportamiento del otro en función de mis propios criterios .
„ “isomorfo” = soy capaz de explicar el comportamiento del otro del mismo modo en que lo explican él y el resto de los miembros de su grupo cultural.
evidentemente, los dos términos se ven confrontados. si opto por juzgar el comportamiento ajeno en función de mis propios criterios, puedo ser acusado de ser descaradamente etnocéntrico (lo que, en la simplista jerga gochista equivale a facha). la cuestión, sin embargo, es que no estamos hablando de criterios personales, harto discutibles, sino de comportamientos culturales. en resumen, si juzgo y condeno a alguien por rebanarle el clítoris a una niña, por convertir a las mujeres en un bulto de grasa cubierto por harapos, o por reducir a individuos, o pueblos enteros, a la esclavitud, en realidad estoy saltándome a la torera el principio más sagrado del respeto a la alteridad (ya puedo ver el brillo del cuchillo multicultural: ¿acaso no hemos transformado, en occidente, a las mujeres en mercancía? sí. y a los hombres y a los niños. pero también podemos enfrentarnos a ello, declararnos insumisos, renunciar a la tele o irnos a vivir a una cabaña, aislada en mitad de la nada, y ningún poder nos lo impedirá).
pero, si etnocéntrico es el insulto que me espera si oso cuestionar el comportamiento del otro -en mi propia casa-, la recompensa celestial es el adjetivo isomorfo que podré lucir, cual medallita del niño jesús, si me atengo a las normas que fija el manual de los jóvenes castores y me dedico a explicar el comportamiento ajeno de la misma forma en que lo explicaría el otro o, mejor aún, el grupo cultural al que pertenece (en la mayoría de las culturas, no se aprecia distinción entre ambos). el problema es múltiple: en primer lugar, porque yo parto de un juicio personal, que sólo se torna cultural, en el sentido extenso del término, no en el genealógico, en lo que atañe al derecho. en otras palabras: mi opinión puede que no sea mejor que otras pero las normas que emanan de mi cultura y que determinan que nadie puede, conforme a derecho, someter a otro, amputarle un miembro o acabar con su vida con el beneplácito de la ley, sí son intrínsecamente superiores (aunque haya individuos que obren como si no fuera así) a aquellas otras que encuentran perfectamente natural -y legal- la sumisión y el aniquilamiento de un grupo. en última instancia, porque son el resultado de un pacto y no de una maldita revelación divina.

en segundo lugar, porque el isomorfismo -como los griegos, inventores del concepto, sabían- sólo puede darse entre iguales. y la igualdad, mal que le pese a muchos, no es algo que venga dado porque sí. para ser iguales, debemos aceptar la misma carga de derechos y deberes y partir de coordenadas similares -no étnicas, ni de clase, sino de principios. este punto invalida, por tanto, cualquier intento de establecer cualquier clase de alianza de civilizaciones cuando un lado de la mesa lo ocupan representantes no de una civilzación sino de la barbarie teocrática. concederles estatuto de seres civilizados sólo puede ser signo de estupidez o de ceguera (a pesar de los argumentos de tanto blanquito bien cebado, ignorante y cargado de mala conciencia, para el que occidente es el origen de todo mal y todo lo que nos ocurra nos lo tendremos bien merecido).
en última instancia, además, me niego a explicarme el comportamiento de los hijos de alá -o los de mao- en los términos que a ellos mejor les conviene. después de eso, ya sólo sería cosa de tenderles yo mismo el cuchillo para que me rebanen el cuello al ritmo de una jaculatoria.