abril 16, 2007

los españoles -y los europeos, en general- somos gente dada a la necrofilia. nos pasamos la vida tratando de preservar las esencias, igual que las tías solteronas del pasado se obstinaban en apuntalar el recuerdo de las costumbres familiares o la fragancia de las flores muertas, entre las páginas de sus libros de oración. o los coros y danzas del franquismo y de las distintas autonomías del presente -a cual más franquista en espíritu- empeñadas en empresas del mismo calado. tras los bailes folclóricos y demás paletadas, es el turno, ahora, del lenguaje añejo. y todo porque a la malhadada escuela de escritores le ha dado por tocar a rebato ante el próximo arrumbamiento de ciertos vocablos caídos, tiempo ha, en franco desuso. nada de preocuparse porque la gente no tenga ni idea de la más elemental sintaxis, ni sepa distinguir un adjetivo de un verbo (después de todo, ¿qué son la ortografía y la gramática sino las disciplinas del cerebro? ¿y quién puñetas quiere disciplina, con lo orgullosos que estamos de ser indómitos por naturaleza -aunque eso equivalga a decir que nuestros pensamientos no valen ni un duro?), pero ojito con mandar al trastero la palabra "reguño", que me sublevo. a mí, lo siento, pero los idiomas arcaicos me resultan casposísimos. tanto o más que los esfuerzos por preservarlos de todo mal (y a cualquier precio). la obsesión de los franceses (léase nacionalistas de todo pelaje) por defender su idioma -o su cine- de la supuesta intromisión del inglés (o del español) es una prueba de la vulnerabilidad y la falta de vitalidad de ambos (¿quién tiene la culpa de que la mayor parte de la investigación científica y del desarrollo tecnológico se lleve a cabo en la lengua de wilkins, watson y crick? ¿no resultaría mucho más útil invertir en i+d el dinero que se destina a la defensa de lenguas prácticamente muertas y otras muestras del folclor?). de ahí los patéticos esfuerzos de un cine todavía peor, el español, a la hora de defender el modelo proteccionista de su vecino. y si algo -ciertas palabras, los bailes regionales o las manifestaciones culturales subvencionadas- no sobrevive por sí mismo, por sus propios méritos, quizás no valga la pena seguir alimentándolo por vía intravenosa y haya llegado la hora de desviarlo hacia el lugar que le corresponde: el cementerio, el museo o el baúl de los recuerdos, que tanto monta. pero, para eso, hay que tener el coraje de vivir sin asideros. y de cortarle el grifo a tanto mediocre que ha hecho su agosto profesional, gracias a un muy estudiado victimismo, y por mor de la defensa de un patrimonio obsoleto.