a la salida del cine en que acabamos de ver la vida de los otros, m. pregunta si una medida semejante -se refiere a la apertura al público de los archivos de la policía secreta, la temible stasi- no resultaría de necesaria aplicación en este país de amnésicos profundos. en su opinión, sería una forma de llegar, de una vez por todas, a la verdad de lo ocurrido (y perdonen por el pleonasmo) y permitiría limpiar el nombre y la memoria de todos aquellos que fueron víctimas de la represión, tanto del franquismo como de la revolución. le pregunto, a mi vez, si no le parece curioso que ningún gobierno -ninguno, insisto- haya hecho el menor gesto en ese sentido, más allá de una operación de mera cosmética, destinada a contentar a los amantes de los gestos vacíos. que un gobierno de derechas se resista a proponer semejante medida tiene su lógica (estúpida y criminal, aunque lógica), pero que la izquierda en el poder se haya limitado, ante semejante envite, a acuñar un simple oxímoron (memoria histórica), con más ánimo de provocar al contrario que de alcanzar la verdad de los hechos, es como para inquietarse.
la razón es tan sencilla como que, de abrirse los archivos y poner al alcance del público información tan sensible, nos íbamos a encontrar con muchas sorpresas y ninguna agradable. como la de enterarnos de que más de uno de esos heroicos resistentes antifranquistas y comecuras que pueblan nuestro horizonte mediático y familiar, y que tanto presumen de su condición de víctimas de la dictadura, figure en las listas de confidentes de la policía vestida de gris. la supervivencia de cualquier régimen totalitario (y yo añadiría: de cualquier proyecto político fundado en el nacionalismo) se asegura mediante la cooperación, voluntaria o forzosa, de una parte considerable de la población, sin exclusión de clase social ni ámbito laboral alguno. aventurar que hubo confidentes e infiltrados en la universidad, en el mundo de la empresa o entre los obreros de la fábrica o del campo, es una perogrullada. pero, falta confirmarlo y, para ello, nada mejor que dar luz verde a la apertura de los dichosos archivos. la operación no resultaría inocua -por el contrario, asaz dolorosa-, pero contribuiría notablemente a despejar el pasado -o parte de él- de tanto fantasma de los que anda sobradamente poblado.
sinceramente, no creo que llegue yo a ver ese día. éste es, más que nunca, un país de cobardes fanfarrones y pendencieros, alérgicos a toda realidad y a toda verdad que se funda en aquélla (para comprobarlo, basta con echarles un vistazo a los periódicos). convencidos estamos de que mejor seguir jugando entre mentiras que nos permitan salvar la cara y nuestros bellos ideales (llaménse religión católica, tercera república, lucha antifranquista, cuba castrista; lo que caiga, qué más da) que enfrentarnos a los hechos y superarlos. ya lo dijo aquél: "la vida es sueño" y ahí seguimos, soñando y poco más. son cosas de la maldita reserva espiritual (cristiana o izquierdosa y utópica, que tanto monta). nada, pero lo que se dice nada, parece haber cambiado desde el barroco.
p.s. sólo los que teníamos menos de quince años a la muerte del dictador estamos libres de toda sospecha. los demás , mientras no se demuestre lo contrario -y con la lógica excepción de los que se pudrían en las cárceles desde hacía un montón de años (y aun entre éstos habría que separar el trigo de la paja)-, son todos sospechosos.
la razón es tan sencilla como que, de abrirse los archivos y poner al alcance del público información tan sensible, nos íbamos a encontrar con muchas sorpresas y ninguna agradable. como la de enterarnos de que más de uno de esos heroicos resistentes antifranquistas y comecuras que pueblan nuestro horizonte mediático y familiar, y que tanto presumen de su condición de víctimas de la dictadura, figure en las listas de confidentes de la policía vestida de gris. la supervivencia de cualquier régimen totalitario (y yo añadiría: de cualquier proyecto político fundado en el nacionalismo) se asegura mediante la cooperación, voluntaria o forzosa, de una parte considerable de la población, sin exclusión de clase social ni ámbito laboral alguno. aventurar que hubo confidentes e infiltrados en la universidad, en el mundo de la empresa o entre los obreros de la fábrica o del campo, es una perogrullada. pero, falta confirmarlo y, para ello, nada mejor que dar luz verde a la apertura de los dichosos archivos. la operación no resultaría inocua -por el contrario, asaz dolorosa-, pero contribuiría notablemente a despejar el pasado -o parte de él- de tanto fantasma de los que anda sobradamente poblado.
sinceramente, no creo que llegue yo a ver ese día. éste es, más que nunca, un país de cobardes fanfarrones y pendencieros, alérgicos a toda realidad y a toda verdad que se funda en aquélla (para comprobarlo, basta con echarles un vistazo a los periódicos). convencidos estamos de que mejor seguir jugando entre mentiras que nos permitan salvar la cara y nuestros bellos ideales (llaménse religión católica, tercera república, lucha antifranquista, cuba castrista; lo que caiga, qué más da) que enfrentarnos a los hechos y superarlos. ya lo dijo aquél: "la vida es sueño" y ahí seguimos, soñando y poco más. son cosas de la maldita reserva espiritual (cristiana o izquierdosa y utópica, que tanto monta). nada, pero lo que se dice nada, parece haber cambiado desde el barroco.
p.s. sólo los que teníamos menos de quince años a la muerte del dictador estamos libres de toda sospecha. los demás , mientras no se demuestre lo contrario -y con la lógica excepción de los que se pudrían en las cárceles desde hacía un montón de años (y aun entre éstos habría que separar el trigo de la paja)-, son todos sospechosos.


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