como en casa de k. y pasamos la tarde enfrascados en una de nuestras animadas charletas.
-algún día -me dice con tono augural-, descubrirán que hombres y mujeres pertenecemos a especies distintas. complementarias, sí, pero distintas.
tentadora perspectiva, pienso. de ser así, ¿a santo de qué seguir preocupándose -o sintiéndose culpable- respecto de lo que sólo es expresión de la propia naturaleza? que cada uno -hombre o mujer- se ocupe de desarrollar lo que el cromosoma de marras dictamine y aquí paz y después gloria. en ese caso, todos los malentendidos y los desencuentros responderían, no a la mala fe de unos y otras, ni a meras diferencias de interpretación ligadas al reparto de roles, tal como lo han ido fijado los sistemas culturales, a lo largo de los siglos, sino a lo que, en la facultad, llamábamos pomposamente: la inconmensurabilidad de los discursos. en la misma frecuencia de onda trabajan, desde hace tiempo, los fanáticos del biologicismo, las feministas de la diferencia, las adoradoras de pacha mama y del gran útero y los hacedores de chistes. pero, de ser así, ¿qué será de la literatura y el cine, por ejemplo? ¿y de la parrilla televisiva de sobremesa? ¿de toda la industria basada en la explotación del sufrimiento que causa la falta de comprensión mutua?
-algún día -me dice con tono augural-, descubrirán que hombres y mujeres pertenecemos a especies distintas. complementarias, sí, pero distintas.
tentadora perspectiva, pienso. de ser así, ¿a santo de qué seguir preocupándose -o sintiéndose culpable- respecto de lo que sólo es expresión de la propia naturaleza? que cada uno -hombre o mujer- se ocupe de desarrollar lo que el cromosoma de marras dictamine y aquí paz y después gloria. en ese caso, todos los malentendidos y los desencuentros responderían, no a la mala fe de unos y otras, ni a meras diferencias de interpretación ligadas al reparto de roles, tal como lo han ido fijado los sistemas culturales, a lo largo de los siglos, sino a lo que, en la facultad, llamábamos pomposamente: la inconmensurabilidad de los discursos. en la misma frecuencia de onda trabajan, desde hace tiempo, los fanáticos del biologicismo, las feministas de la diferencia, las adoradoras de pacha mama y del gran útero y los hacedores de chistes. pero, de ser así, ¿qué será de la literatura y el cine, por ejemplo? ¿y de la parrilla televisiva de sobremesa? ¿de toda la industria basada en la explotación del sufrimiento que causa la falta de comprensión mutua?
me temo que, de ser cierto lo que vaticina k., alguna portentosa mano negra hará callar a aquellos científicos que osen romper el silencio (bah, qué sabrán ésos). lo esencial no es encontrar una solución al problema -y menos todavía, aduciendo que hombres y mujeres somos dos especies distintas, aunque con posibilidad (y eso sí que es una rareza) de reproducirse entre ellas- sino velar para que nada impida que prosiga el espectáculo.


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