enero 15, 2007

el año nuevo no ha podido presentarse peor: me han duplicado la tarjeta de crédito, me han sacado dinero unos tipos a los que me gustaría ver colgando de un poste (y a los que, encima, tengo que estar agradecido por no haberme sajado el cuello), suben las tarifas de la luz y del gas -y no sé si también las del agua y el teléfono, pero seguro que no tardan-, me han cerrado la única sucursal bancaria que me gustaba frecuentar (a mí que no les tengo la menor simpatía a los bancos) -la única que seguía siendo amplia, de techos altos, con mostradores antiguos de madera desprovistos de vidrios antibalas, y las columnas de hierro colado, sumido todo ello en una tibia penumbra y, lo que constituye un detalle de vital importancia, casi siempre vacía (detesto tener que hacer cola en los bancos). de hecho, no me importaba tener que caminar unas cuantas manzanas desde mi casa -tengo otras sucursales más cerca, pero no tienen la menor gracia-, para realizar las penosas actividades para las que uno precisa desplazarse hasta una entidad bancaria. la nueva sucursal está mucho más cerca de casa pero es de una vulgaridad ramplona, con sus muebles de serie de conglomerado forrado de madera clara, bañados por la espantosa luz de los halógenos, unos cuantos grabados abstractos insufribles, comprados en un todo a cien del arte y profusión de colorines en el logo y en los anuncios.
para colmo de males -porque dios, cuando aprieta, se encarniza-, mi restaurante japonés favorito va a dejar de ofrecer sushi en su carta. ¿la razón? la cruzada por la salud lanzada por la ministra del ramo que obliga a los restaurantes a congelar el pescado -o a comprarlo congelado- para evitar las infecciones a cargo del dichoso anisakis. no es que no me parezca bien que metan en vereda a mucho propietario de tasca que prepara boquerones en vinagre sin las menores garantías, o a mucho cocinero-artista que se empeña, sin encomendarse a dios ni al diablo, en convencernos de las bondades del pescado mi-cuit, pero sigo sin entender por qué han de pagar siempre justos por pecadores. ¿tanto les cuesta realizar inspecciones que pongan a prueba los conocimientos de los cocineros y las condiciones en que llevan a cabo su tarea? claro que siempre resulta más fácil y barato sacar leyes y más leyes y tomar la parte por el todo.
ante el cariz que toman los acontecimientos, la mayoría de los restaurantes japoneses ha optado por el sacrilegio. el obstinado dueño y cocinero del que a mí me gusta frecuentar -un local pequeño, casero, llevado por él y su mujer-, ha escogido renunciar a seguir haciendo aquello que mejor sabe hacer ("le choix est de tous les instants. c'est à dire que nos libres décisions d'hier n'engagent pas celles de demain"). cabe la posibilidad de que, como cliente fiel, se le ocurra ofrecerme, de extranjis, sus delicias de pescado crudo y arroz. que así sea.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ay, amigo, el Derecho mismo, cada una de las leyes, hace pagar a los justos por los pecadores. Los justos no necesitan leyes. ¿Pero hay algún hombre que no necesite leyes?

2:41 p. m.  

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