amanezco antes de hora, presa de un ataque de ansiedad. la cabeza hecha un lío y el estómago revuelto. todavía no ha empezado la danza de martillos y cascotes en la casa de al lado. trato de dormitar sin conseguirlo. desearía disponer de un interruptor que me permitiera la opción de apagarme durante horas. o, incluso, días. mi corazón late desbocado.
*
la mañana se percibe heladora y triste a través de los cristales. de las cuerdas de tender, cuelgan, sobre el patio de un blanco fúnebre, toda una colección de prendas de lencería con las que he disfrazado a varias hornadas de amantes y que, desde hace meses, sesteaban en la oscuridad de una caja encerrada en un armario. puntillas, encajes, tangas de fantasía, medias diociochescas, de rejilla y transparentes, sujetadores repujados y ligueros, negligés y picardías (parece la guardarropía, secreta, de un diputado tory) se mecen, frágiles, vulnerables, ateridas, como figuras de papel bajo la lluvia. uno entiende, en días así, por qué a los mortales les da por aferrarse a las cosas -imperecederas, según se dice- del espíritu. por mi parte, sigo prefierendo la certidumbre de la carne, su carácter tangible. la suavidad de la piel que se estremece. el olor. las curvas, las turgencias, las redondeces. los fluidos. un universo cálido, mullido, quedo, sin horizontes. ¿qué hago de pie, contemplando, a través de la ventana empañada, los restos del naufragio? el lecho es, sin duda, la mayor creación del hombre.
*
me estalla la cabeza.


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