retorna m., fascinada, de su visita a cracovia; cautivada por la cortesía de la gente (con la notable, pero previsible, excepción de la funcionaria de la oficina de turismo), la variedad de sopas, la calidad de los conciertos y ópera a los que asistió, por dos duros, en salas llenas -entre semana incluso- de autóctonos de toda edad y condición. y, sobre todo -e insiste en ello-, sobrecogida por lo pulcros que lucen sus zapatos.
podrá parecer una tontería, pero no lo es en absoluto pues el aspecto de los mismos constituye, sin duda, uno de los baremos ineludibles a la hora de medir y comparar grados de civilización -junto con el número de teatros, el de retretes públicos, limpios y en condiciones y los niveles de contaminación acústica. sin un medidor de decibelios a mano, ni una urgencia que atender, un simple vistazo al pie de nuestros conciudadanos -en la cola del banco, junto a la barra del bar o sentados en el metro- debería bastar para saber a qué atenernos.


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Cuando era pequeña y todavía vivía en Cracovia, todos los domingos, antes de ir a misa, desplegábamos en el pasillo una página doble de periódico. Abríamos la cajita de accesorios de limpieza de zapatos con betún de verdad que tanto manchaba los dedos, algún trapo viejo y un cepillo blando. Primero había que quitar el barro de los zapatos, en el baño, encima del inodoro con un paño húmedo, luego secarlos bien para que la cera agarrara sobre el cuero. Por último y tras esperar durante un cuarto de hora al menos, mientras nos acicalábamos, se pasaba el cepillo de pelo suave que dejaba nuestro calzado decente. Limpiábamos todos los zapatos, también los que no nos íbamos a poner ese día. No olvidaré el olor a limpio, la satisfacción y el camino a la iglesia mirándome los pies.
Recuerdo también las cartillas de racionamiento de zapatos (!). Un año sólo los había azules y amarillos. A mí me tocó la suerte y me compraron de los dos, alguien debió cederme su cupón; pero no pude disfrutarlos por mucho tiempo porque entonces no se fabricaba betún en esos dos colores y claro… de ninguna manera saldría a la calle con las puntas desgastadas.
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