noviembre 26, 2006

marcas: en la calle, mi mirada se cruza con la de una mujer, de origen sudamericano, más cerca ya de los cincuenta que de los cuarenta, menuda y bajita, de pelo muy negro. mantenemos el contacto visual, al ritmo de nuestros pasos, hasta que el sentido de la marcha empuja nuestras respectivas vidas a pasar, la una junto a la otra, sin otra consecuencia que una sonrisa. acostumbrado a la particular sequedad de la madrileña común, cuya mirada suele permanecer fijada en un punto situado entre la nada y el más allá, (y que suele confundir la expresión de la dignidad con lo siniestro) me llena de gratitud y reconocimiento tan breve y mudo intercambio. detesto generalizar -por aquello de que basta una excepción para destruir una regla-, pero, tras muchos años de callejeo y observación, tiene uno la impresión de que la mujer española (y, en esto, ni la región de procedencia ni la edad marcan reales diferencias) sigue empeñada en considerarse una especie de reserva espiritual a proteger. de ahí esa mirada cerrada, hueca, esa falta absoluta de interés por lo mundano -por esa mínima y fugaz complicidad que comparten dos extraños en un vagón de metro, por ejemplo-, la actitud huidiza o el gesto hierático y displicente; en resumen: el olímpico desdén hacia la curiosidad ajena. me conozco la retahíla de excusas, basadas todas ellas en el escueto principio de que no se puede dar pie a un hombre porque... (fórmula estrechamente ligada a aquella otra, perenne, que reza: "los hombres sólo quieren una cosa", ejemplo eximio del pensamiento nacionalcateto, siempre vivo -o, igual de muerto que siempre), pero eso es como pretender cortarse la mano que enciende el fuego no vaya a ser que un día pueda sufrir quemaduras.
lo curioso es que no han sido pensamientos lascivos lo que me ha provocado la mirada de la mujer con la que me crucé de camino a casa, sino, más bien, una sensación de calidez (quizá todos dependamos, en mayor o en menor medida, de la amabilidad de los extraños) y la certeza, confirmada, de que, éste, es uno de los lugares más aburridos del planeta.
p.d.: gracias al cielo, nos han sido dados el móvil y el emepetrés.