apenas devuelto por la ola veraniega a su hogar de cemento y ruidos, el amigo j. se da prisa en reanudar el contacto y me envía esta perla: http://blogs.elboomeran.com/azua/2006/08/. soy habitual lector de esa página pero hoy olvidé dar una vuelta por el jardín del señor azúa. su entrada de hoy casa muy bien con mis comentarios y preguntas acerca de la deriva totalitaria de ciertos elementos de las clases medias semi ilustradas por la senda de la revolución armada. lo cierto es que aquéllos todavía arriesgan algo -la vida o la libertad cuando menos- a cambio, eso sí, de los cuantiosos beneficios de la iluminación y de un lugar en el santoral de la progresía triunfante. en cambio, los sujetos descritos por azúa, esas clases altas seducidas por el Otro (el Pueblo, el Proletario, la Revolución, el Terror...) juegan sobre seguro, al abrigo de su sanctasantorums. son guevaristas en parís o nueva york. brindan por eta en barcelona. o pontifican a favor del integrismo islámico en las aulas de la universidad complutense que el estado pone a su disposición. no es algo nuevo: louis philippe d'orléans -philippe égalité-, el hombre más rico de francia (lo que le permitió comprar los favores de numerosos revolucionarios), sucumbió a la tentación de hacerse pasar por bueno votando a favor de que le cortaran la cabeza a su primo, luis xvi. debió disfrutar (le grand frisson) del aspecto trágico de su gesto: su voto fue decisivo para inclinar la balanza del lado de los regicidas. pero sus colegas de nuestros días sí han aprendido algo de la historia. y es que todo el dinero del mundo no te pone necesariamente a salvo del huracán. a la postre, al tontorrón de louis philippe ni los ingentes recursos ni el gran destino al que se pretendía llamado en las filas de la revolución, le sirvieron de mucho. llegado su turno, esa misma revolución que tanto había amado se lo tragó sin el menor miramiento. y es que, a fin de cuentas, lo propio de una revolución es que todo el mundo desconfíe de todo el mundo. de ahí el trabajo de depuración, característico de todas ellas, que acaba con el triunfo del peor de todos los aprendices de brujo y la consiguiente transformación del proceso revolucionario en una tiranía pura y dura.
lo curioso es que, antaño, los ricos, para ocultar sus vergüenzas a los ojos del público y de dios, destinaban parte de sus beneficios a la construcción de catedrales, de hospicios, de casas de caridad. hoy en día, se limitan a brindar por el triunfo de las alimañas con champán francés, sabedores de que sus fortunas andan a buen recaudo en paraísos fiscales y cajas fuertes suizas, y de que la buena conciencia les sale gratis. menuda escoria.

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