julio 02, 2006


tarde de domingo. doy vueltas por la casa, azuzado por mi genio maligno. no tengo ganas de salir, sólo espero que refresque con la caída de la noche. quizás entonces... del otro lado de la calle, una chica tiende la ropa bajo un sol inmisericorde. pongo la lavadora. escucho los botones metálicos rebotar contra las paredes del tambor a cada giro. escribo un rato. doy más vueltas. me tumbo. leo. dejo el libro. desasosiego. ruedo de un lado a otro de la cama, hasta sentir mareo. me levanto. saco fotos de la superficie de las sábanas porque recuerda a la de la nieve. dejo la cámara. llamo por teléfono a alguien que no contesta. espero mensajes que no llegan. dibujo monigotes. lo único cierto es que, ahora mismo, follaría con el mismísimo diablo (mejor, con dos). sólo así "habrá de salirse la bestia y calmarse el espíritu". dos vías conducen al palacio de la sabiduría -ascesis-, dice san agustín: la de la contención y la del exceso. para la primera, es demasiado pronto. para la segunda, nunca es demasiado tarde. principio post-cartesiano: ¿cuál sería el mínimo común denominador a partir del cual podría estar yo seguro de que algo –yo mismo, por ejemplo- existe por sí mismo y no como mero producto de una ilusión? el placer sexual. todo lo demás resulta altamente sospechoso. demasiado tarde para casi todo, supongo. me río. doy más vueltas. escojo un disco de bach, con la esperanza -vana- de que el orden seráfico de su música consiga aplacar mis turbulencias. me distraigo oyendo a glenn gould tararear mientras va marcando con el pie el tempo de su interpretación. todo es un juego. la gran broma. me coloco las gafas de sol en la penumbra de la habitación para no ver nada. alzo una ardiente plegaria a santa bettie page, ruega por nosotros, irredentos pecadores...
"no quiero que me ames
sino que ames.
los incendios no tienen dueño".