al gato del otro lado de la calle, le han quitado el tejado. en menos de una semana, su hábitat de tejas, antenas, ventanas abuhardilladas y suaves pendientes ha desaparecido, reemplazado por el esqueleto de madera de de lo que no hace tanto era el hogar de una pareja con dos niñas. siempre me preguntaba, al verlos cruzar delante de las minúsculas ventanas, cómo harían para vivir en lo que imaginaba un espacio estrecho, diminuto, limitado, por arriba y por los lados, por las vigas de un tejado en pendiente (quien haya buscado piso y acudido al reclamo de "preciosa buhardilla céntrica", sabrá de lo que hablo). ahora, una vez destripado, no parece tan pequeño. pero sólo porque el límite, por arriba, es el mismísimo cielo. el gato da vueltas por el suelo de tierra, incapaz de comprender qué es lo que ha pasado. yo trato, por mi lado, de adivinar las (aviesas) intenciones del constructor de turno. ¿pretenderá sólo elevar un metro el antiguo techo para crear un espacio realmente habitable? mmm... lo dudo. demasiado esfuerzo y dinero para tan escueto beneficio. tengo, más bien, la sospecha de que aspira a "sacar dos alturas" (vivir en esta ciudad termina por volverte mal pensado). en cuyo caso, no me va a quedar más remedio que desenterrar el hacha de la guerra. y no sólo por el carácter, en principio, ilegal de la obra -que también-, sino porque, gracias a que la casa de enfrente -y las que la siguen, en línea recta, hasta el edificio del círculo de bellas artes- es más baja que la mía, recibo parte de ese aire fresco que baja de las montañas y que hace la vida algo más soportable en esta ciudad mesetaria. ya sé que todo muta y nada permanece y que resulta inútil tratar de ponerle puertas al mar de los cambios, pero no me seduce nada que me construyan un muro delante de las narices. aunque, quizás, debiera interpretarlo como una señal de que ha llegado la hora de recoger los bártulos y buscar nuevos espacios.
mientras se concretan las verdaderas intenciones de "el señor de los ladrillos", me entretengo contemplando las tripas al aire de la antigua vivienda. el color, verde pálido, de las paredes. el viejo cajetín de los conmutadores, una bañera arrumbada, las tuberías de plomo retorcidas y la puerta, pintada de azul grisáceo, que da a la escalera de la finca. no es mucho. apenas unos despojos. algo parecido puede que esté pensando el gato.

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