vuelvo a ver las amistades peligrosas. a pesar de lo mucho que disfruto, cada vez, con la ambientación, el trabajo de los actores o los diálogos, hay algo en esa película -como en el libro de laclos, de hecho- que me provoca urticaria. tras una perfecta exposición del orden clásico y del espíritu libertino (demasiado perfecta, incluso, pues ambos aparecen como caricatura y contienen su propia denuncia), adviene ese tosco final -ese forzado tour de force de corte protorromántico- por el que el autor se quita la careta y busca su redención ante cualquiera que hubiera sospechado, hasta entonces, elogio alguno o simpatía por el ancien régime.
a fin de cuentas, monsieur laclos padece de esa penosa mentalidad burguesa emergente -no hacía ni una generación que su familia había comprado el título que ostentaba- que tiene por objetivo transformar el mundo en mercancía y devolver a la mujer al sagrado nicho del hogar (lejos de ese espacio público en el que tan bien se desenvuelve la marquesa). lo suyo es, pues, el melodrama y la exaltación de la virtud bajo la forma del amor y de la ingenuidad (la virtus republicana frente a la decadencia y el vicio de la aristocracia). es el triunfo del embrionario romanticismo -pero desprovisto de los excesos que le darán fama y que aún tardará unos años en asolar europa-, de entre las ruinas del clasicismo revenido y estéril.
que al acomplejado de laclos no le gustaran los libertinos, encarnados en el depravado y torticero valmont (primo de los libertinos de sade para lectores con estómago), pase. lo que hace con la marquesa de merteuil, en cambio, no tiene nombre. cualquiera que pensara que el autor siente la menor admiración por esa mujer decidida a" vengar su sexo" ("... n'avez-vous pas dû conclure que, née pour venger mon sexe et maîtriser le vôtre, j'avais su me créer des moyens inconnus jusqu'à moi?"), ve rápidamente desbaratadas sus suposiciones cuando todo el talento conspirador del personaje, su inteligencia y perspicacia "nacidas de la observación y el estudio", son sacados a la luz, destripados, juzgados y condenados en nombre de la dichosa virtud (y de la primacía del macho burgués). pero no sólo su inteligencia, su reputación o su fortuna (acaba arruinada) sino también su cuerpo, atacado, de golpe y porrazo, por una viruela atroz que la desfigura ("... disait hier, en parlant d'elle, que la maladie l'avait retournée, et qu'à présent son âme était sur sa figure. Malheureusement tout le monde trouva que l'expression était juste"). es la venganza completa e implacable del mezquino contra una mujer que, tal vez, no sea un modelo de irreprochable conducta ni la mejor de las amigas pero cuyos talento y habilidad están fuera de toda duda (de ahí su peligro, piensa laclos), así como su profundo conocimiento de la mecánica social. a la hoguera, pues, con ella.
lástima. pues ese final ridículo, fantasioso y ruin, digno de una comedia de molière, empaña la clarividencia y el fulgor de la famosa lettre lxxxi del libro -magníficamente vertida en imagen y declamada por glenn close en la película-, cuya lectura compensa sobradamente la cicatería del autor.
al final, a modo de triste postre sin azúcar, nos quedan el triunfo póstumo (muere porque ha cedido a una pasión ciega e impura) de ese personaje tan soso y antipático que encarna la presidenta de tourvel y la venganza del maestrillo de música (cuando debería darse con un canto en los dientes de lo bien preparadita que le ha quedado la novia para los asuntos de alcoba. claro que, como buen patán, él sólo soñaba con estrenarla). en cuanto al sector de los gozadores, no hay para ellos más horizonte que el castigo a sus pecados: la señorita de volanges va directa de cabeza al convento (que es el destino que la sensiblidad burguesa reserva a las mujeres que han aprendido a disfrutar del sexo) y el malvado valmont halla patética redención en la muerte, dejando sola -eso sí- a la marquesa a la hora de pagar la cristalería rota.
por mi parte, busco consuelo, una y otra, vez en la ambientación y en los trajes, en las malévolas miradas de malkovich, en la inquietante serenidad de glenn close y en los espléndidos pechos de uma thurman. en definitiva, en el arte.

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