dormito frente al teclado. fuera, del otro lado del doble cristal de la ventana de mi cuarto, la nieve, que no ha dejado de caer en toda la noche, ha cubierto la pradera entera, los macizos de flores y los alcorques recién removidos. las ramas desnudas del plátano se han ido curvando hasta casi tocar el suelo -las más largas-, bajo el peso de la nieve acumulada. pero no se han roto. junto a la leñera, cuyas tejas rojas han desparecido bajo el blanco manto, el tierno madroño resiste, estoico, el acoso de un invierno inesperado. yo, entretanto, rezo para que no se congelen las cañerías al aire que olvidé forrar. pienso, también, en la vieja tortuga que soltamos en verano y a la que, hasta hace unos pocos días, he visto cruzar por la hierba con andares medidos. andares de vieja tortuga, escarmentada de casi todo. confío en que haya logrado encontrar un sitio en el que protegerse del temporal. si no, ella y su escepticismo proverbial serán pronto pasto de las hormigas.
vuelven a caer los copos, transformados por el aire que sopla de la montaña, en delicadas plumas de edredón. éstos sólo son la avanzadilla. por la noche volverá a nevar en firme. lo mejor habría sido que aprovechara la calma matutina para despejar el camino de la entrada pero me duelen los brazos y no me he visto con fuerzas como para andar manejando la pala. en el interior de la habitación caldeada me siento a salvo. leo a chamfort: "avoir de la considération pour soi, vous attire quelquefois celle des autres". el termómetro de la ventana marca dos grados. una urraca me observa desde el alféizar. mueve la cabeza con una curiosidad teñida de cierto desdén. no tarda en darme la espalda y, con un pequeño salto para el que apenas abre las alas, se deja caer sobre la nieve. la observo mientras avanza a pequeños saltos, hasta que, hastiada de la monotonía del paisaje, alza el vuelo y desaparece. mi mirada, entonces, se deja atrapar por el blanco hipnótico. me sumerjo.

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