y tras la nieve, el sol. claro está. la rueda imparable. o casi. cuando menos, mucho más grata que el estado de sequía permanente. la sequedad del alma. la que asola a los políticos, por ejemplo. ni ganas de ocuparme de ellos. de la política, tampoco. el mismo erial por el que andan sueltas esas caballerías famélicas, matándose por unas briznas. nada mejor, para quitarse el olor a estiércol y sangre que dejan estos tratos, que el tacto delicado de la piel, el sabor de los jugos que libera el cuerpo. bañarse en la materia para escapar al hediondo, al mefítico aroma de los espíritus que por nosotros velan; esas ideas de tres al cuarto, puestas en verso por politiquillos de todo pelaje, por barbudos y sotanas, por sus escuderos y sicarios. retocemos, pues, zagala, allí mismo donde nos atrapare la dicha. sobre el tálamo o en la zanja. cualquier cosa, con tal de ahuyentar el ruido.
releer l'été o les noces à tipasa. para aliviar la úlcera que dejan los telediarios y la prosa bochornosa de los informes secretos pagados con dinero público.
pereza. con este día de sol, ¿qué hago encerrado en casa, entregado a estériles disquisiciones acerca de lo divino y lo humano?
en pijama, me rasco la cabeza.

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