febrero 16, 2006


a modo de mise au point del san valentin's day (a toro pasado, como quien dice): "las rupturas más trágicas son las de aquellas parejas que contrajeron matrimonio de jóvenes y que han disfrutado de siete años de felicidad, tras lo cual estallan los fuegos almacenados de la pasión y la independencia... y, sin ni siquiera saber por qué, dado que uno y otro siguen amándose, emprenden su común destrucción."
"cuando se termina un amor, la vanidad del que es abandonado es la que recibe el más duro de los golpes. por lo tanto, es razonable asumir que, cuando se inicia un amor, la principal fuente de satisfacción también es la vanidad." (c. connolly)
alergia a todo proceso -sentimental- que tenga visos de acabar mal (o sea, casi todos). por acabar mal entiendo: que, después del auge, venga su irremediable caída bajo la insidiosa forma del tedio y la costumbre. del mutuo alejamiento. del desconocimiento progresivo. y donde decía: te amo, sólo quede sitio para un ¿te amé?
oh, sí, la armonía y la paz interiores vendidos como crecepelo. el perfecto antídoto contra el malestar interno, la disfunción emocional, el deseo, siempre renovado, de salir corriendo y huir de cualquiera cuyo abrazo nos recuerde el tacto áspero de una soga o la fría descarga del alambre de espino.
sin llegar a tanto (pues los demás sólo son, en parte, responsables de nuestras percepciones): necesidad de colocarse a la distancia que permita ser abrazado y, luego, despegarse del abrazo. como un perro al que le quitan la traílla y corre, moviendo las orejas y con la lengua fuera. esa distancia que es la del placer sin -excesivos- angustia ni dolor. recarga necesaria de las baterías que alimentan el amor por los demás y por uno mismo. equidistancia clásica, lejos de los fuegos fatuos, engañosos, del romanticismo y sus secuaces.
única forma de mantener el amor vivo. siempre. aunque no del mismo modo (superemos el estado de adolescencia perenne: nada es de forma inmutable ni por toda la eternidad. mal les pese a los creyentes de lo que sea).
podemos librarnos de muchas cosas, pero no de nosotros mismos -aunque sea posible llegar a ciertos pactos entre ese uno (que siempre son varios) y sus correspondientes demonios interiores para no perder del todo el control de la maldita nave. la paz con uno mismo, sólo es el archivo pormenorizado y puesto al día de cada uno de nuestros temores, de nuestros demonios. el amor consiste, entonces, en la entrega de ese archivo y de su servicio de mantenimiento. pero, si olvidamos esto y, cegados por el entusiasmo que la pasión genera, nos creemos capaces de pasar por alto tanto esfuerzo, sacrificando la lucidez a la embriaguez de nuestra recién estrenada condición de amante, nos abocamos de nuevo, irremediablemente, a la mecánica del auge y la caída.
advertencia inútil: a la gran mayoría, enganchada a los vapores que destilan la música pop y el cine, parecen encantarles -a pesar de sus quejas- las atracciones de feria: subir y bajar sin frena por la montaña rusa. del gozo al pozo y vuelta a empezar. y ¡ay! del que no quiera subir y prefiera comerse un helado, sentado tranquilamente en un banco.
nuestra cultura del amor nace de la idea -perversa- del ser único que todo lo contenía hasta que fue partido en dos por un acto justiciero -capricho, se sobrentiende- de los dioses: "el andrógino, en efecto, era entonces una sola cosa en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo masculino y de lo femenino, pero que ahora no es sino una forma de la ignominia. (...) la forma de cada persona era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales, y todo lo demás (...). eran también extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses (...). entonces zeus y los demás dioses deliberaban sobre qué debían hacer con ellos y no encontraban solución. porque no podían matarlos ni exterminar su linaje, fulminándolos con el rayo como a los gigantes, pues entonces se les habrían esfumado también los honores y sacrificios que recibían de parte de los hombres, ni podían permitirles tampoco seguir siendo insolentes. tras pensarlo detenidamente dijo, al fin, zeus: (...) los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más numerosos. (...)." (platón, el banquete)
y, desde entonces, desde ese acto arbitrario de supuesta justicia divina, andamos todos, según el agorero y bilioso platón, a la búsqueda y captura de esa otra mitad que habrá de complementarnos y aliviar nuestro escozor.
pero yo, andrógino, sigo sintiéndome completo.
recordatorio: dos medias naranjas, puestas la una contra la otra, se pudren.
para volar, ¿qué mejor que la dulzura y el vértigo de la carne?
regalo del cuerpo y del placer (sin regateos, sin condiciones): generosidad suprema. alegría feroz. acto de dioses.
la libertad, para los chinos, es un ideograma que significa: conocerse a uno mismo. mejor, sin duda, que esta abstracción que, en occidente, sólo ha servido para aspirar, siempre desde más arriba, el humo de los cuerpos quemados en su nombre.
por eso se equivocan los que piensan que todo lo dicho anteriormente corresponde a un anhelo de libertad sin cortapisas. a un deseo irrefrenable, adolescente, piterpanesco, de hacer lo que le plazca a mi real gana. mi libertad no es sino conocimiento de mí mismo, puesto a disposición del objeto de mi amor para que no se engañe acerca de con quién anda partiendo peras. sin trampa ni cartón. bálsamo para la angustia. alivio para la sequía.