ayer, nevó. como el maná del edén. o el polen que revolotea en primavera. el tejido del cielo, desflecado, se desprendía del forro a pedacitos. de pequeño, nevaba mucho en madrid. aún recuerdo el muñeco de nieve que, con ayuda de mi madre, hice en la terraza de un noveno piso. con lo que nevó ayer no había ni para el concepto. nostalgia. también me obligaron a llevar pantalones cortos, casi hasta que empecé a peinar bigote. "así es como se hacen los hombres fuertes", me decían. a mí, la idea me daba igual. era el frío lo que contaba. bastó con que decidieran guardar en el armario el pantalón de cuero con peto tirolés, que mi padre trajo de un viaje a alemania, para que todo me resultara más llevadero. incluso los pantalones grises por encima de la rodilla. al final, todo resulta de una relatividad pasmosa. dicho esto sin el menor cinismo.
en este país, escribir ya no es tanto llorar ni morir como dejarse crecer el pelo en el cerebro. larga lengua para adular y lamer aquello que, en su momento, corresponda. amplias tragaderas para aceptar la línea marcada, mientras la zanahoria, con premio, cuelga.
literatura ensimismada, hueca. fantasías de oropel. baratijas. historias sin chicha, adobadas en costumbrismo rancio y manteca de nostalgia. ah, el campo; ah, la vida sencilla; ah, las gentes rudas pero nobles (y es el pero, el que da la medida exacta del desafuero en que vegeta el natural no pensar del autóctono). el país profundo y denso, lastrado por su enquistamiento secular, pasado por el liviano tamiz de heidi, en versión dibujos animados. la no tan secreta añoranza de la casa de la pradera. fantasmas. edulcorados. ni cien puerto urracos nos harían cambiar de opinión. tal es la fragancia que exhalan las esencias patrias.
hoy, como ayer y siempre: reserva espiritual de occidente. no hay más que ver a nuestros políticos, a nuestros escritores, a nuestros cineastas. claros reflejos del palurdo interior. políticos de pueblo: politicastros. entre maestrillos y boy-scouts. visión estrecha, estadistas del estiércol. del nacional catolicismo al nacional progresismo y vuelta por la misma senda. modernidad de pacotilla (almodóvar: semen y establo, que se dice con tanto acierto). barroco eterno. bajo la fachada, la nada. doscientos años fuera de la historia (sin que se atisbe la puerta de entrada). eso sí, prietas las filas. inasequibles al desaliento.
imaginación tutelada, fantasías (en ellas va incluida la historia sexual de la raza) de caniches.
¿cuándo comprenderán, todos estos ardientes defensores del folclore, que su sueño y su labor son los mismos que abrigaron los coros y danzas de la sección femenina? resucitar de entre los muertos. pero el sueño del nacional-casticismo, ya en el centro, ya en la periferia, resulta inmarcesible. como las esencias.
dentro de un tiempo, habrá que rescatar el pantalón tirolés para vestir/disfrazar con él al pequeño max. no tanto para sacarlo de paseo, vestido de esa guisa, como para hacerle la consabida foto. antídoto ideal para los ataques de soberbia del futuro. le bastará con recordarse, a sí mismo, disfrazado de infame tirolés para comprender que no somos -él tampoco- nadie.

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